Reino

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Tal vez soy yo
la que se siente princesa
y pido corona
y miro mi reino,
(la zapatilla rota)

Tal vez soy yo
la que suspira bajito
y lee cuentos de hadas
mientras sueña contigo.

Tal vez soy yo
la que juega a ser niña
y me invento historias
que tú protagonizas.

Tal vez eres tú
el que se lleva al estanque
los besos
y pinta de gris
mi cara más rosa.

Tal vez seas tú
el que adelanta el reloj,
pone la rueca,
y corta para mí
la manzana más bella.

Tal vez seas tú
el que rompa mi libro,
el que se robe mi reino.

Tal vez seas tú
el que con un solo verso
mi cuento más tierno haga trizas.

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Espera

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Aguarda inerte el cuerpo,
Que se sabe vacío, infecundo.

Sueña triste con llantos bajos,
Arrullando anhelos;
Esperando el toque de una pluma,
el anuncio de un ángel,
el soplo de una caracola.

Cuerpo que se parte
alma que se quiebra
árbol que se sabe seco
y aun así aguarda primavera.

Nubes y maletas

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Me gusta pensar que antes era menos horrible viajar. Pienso en los pasajeros abordo de un tren, despidiéndose amorosamente de los familiares que los ven partir.

Imagino un cuarto (¿camarote?) amplio con sillones cómodos. Un periódico en la mano, alguna bebida cerca. Conversaciones espontáneas con el compañero de viaje. Trayectorias largas que se recorren despacio, dejando el tiempo necesario para extrañar la tierra que se aleja y añorar la estación que espera.

Los viajes en barco se me antojan serenos, rítmicos. Adecuados para soñar ─bien despiertos- mientras la mirada se pierde en las ondas diminutas que se forman en el agua.

Ya no. Hoy en día viajar es una pena, un castigo monstruoso para el hombre moderno. Pareciera ser que el futuro, con su apabullante inmediatez, ha venido a estropearlo todo.

Bajo la promesa de un viaje acelerado, de la ilusión de llegar a un destino lo más pronto posible, hemos renunciado al placer de viajar. Los trenes, casi extintos, cedieron el paso a artefactos igual de ruidosos, más grandes, más incómodos, agobiantes. El tiempo antes destinado al traslado se sufre ahora en una sala de espera, en una fila para documentar, en la línea de abordaje.

Se nos priva del paisaje, también. Salvo la ciudad que se asoma al momento de despegar y aterrizar, la ventana se limita a compartir nubes tristes, perezosas, insulsas. Manchas en el cielo que, además de monótonas, traen consigo turbulencias.

Los asientos diminutos constriñen el cuerpo, arrebatando así el sentimiento o ilusión que nos animó a viajar en primer lugar.

Las azafatas de antaño, impecables, han terminado por difuminarse. Ahora señoritas de peinados relamidos y labios rojos lo apresuran a uno para incrustarse en el asiento, inclementes, sin simpatía alguna. Justo cuando uno ha logrado dormirse, sádicas, pasean por el diminuto pasillo, ofreciendo bebidas de precios dudosos, galletas viejas, muecas de hastío.

El compañero de viaje sufre en silencio. Desconfiado y torcido, incapaz de iniciar una plática amable, alguna anécdota memorable, nada.

Luego de horas insufribles, llega el momento del aterrizaje y con él los instintos más salvajes de los viajeros: se paran con prisa, se amontonan en el pasillo, abren compuertas con violencia y esculcan hasta apoderarse de su maleta.

Maltrechos, jorobados y humillados, bajan obedientemente del avión. Esperando más maletas, miran fijamente cual imbéciles alguna banda giratoria. Filas, empujones, abrazos y bienvenidas bruscas supeditadas a las altísimas tarifas de un estacionamiento.

Imagino que antes era menos horrible viajar y rumio despechada esa idea mientras arrastro penosamente mi maleta. Esperar, abordar, aterrizar, desempacar. Qué asunto tan horrible es viajar.

Noche

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Puedo morir:
estoy completa.

No moriré de blanco:
moriré del color de tu boca.

Moriré dos veces:
la primera en tu cama
la segunda, ahora.

Puedo morir ahora:
Mi sangre,
en tu cama reposa.

Antes, una cosa:
no soy tuya
¿lo sabes?

Ahora,
puedo morir:
estoy completa.

Planes de vida

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Creo qué mis días terminarán en una casa del infonavit. Un cholo acariciando mi tatuaje. Las piernas reventadas de tantas várices.

Mi hijo Braulio con la cara llena de mocos. Llorando la presencia de su padre violento. El de la eterna caguama. Chofer de un 619-A

Yo seré dependienta en fábricas de Francia. Departamento de tallas extras. Las cejas tatuadas, los sueños rotos.

Pero seré medianamente feliz. Iré a misa a buscar consuelo. Lloraré el día en que Braulio reciba el cuerpo de Dios por primera vez.

Los pies deformes por el tacón. El segundo embarazo. Una niña. Su padre la llamará Maribel Galilea. Como los posters que adornan su camión.

Tercer, cuarto, sexto hijo. Todos hombres. Todos con nombre de algún boxeador.

Maribel Galilea en su fiesta de xv. Se da cuenta de que me odia. Se perfora el ombligo. Se tatúa el nombre de su novio. Se va de casa.

Braulio no bebe. El mejor de mis hijos. Estudia derecho. En viernes golpea a su novia. Ella siempre lo denuncia. Se casan. Luego un bebé.

A estas alturas mi tatuaje es una mancha amorfa. Ninguno de mis hijos habrá leído el principito. Lloraré todas las noches.

A lo lejos, muy lejos, mi marido ronca y acaricia el tatuaje de una mujer joven. A lo lejos, más lejos, me quedo dormida. Sola. Sola.

Hechizo

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Érase una vez un rey enamorado de una mujer extraordinariamente fea. De cabellos falsos y cirugías varias, atinar a la edad de la reina sobrepasaba los poderes adivinatiorios de los hechiceros reales. La corte murmuraba “embrujo, embrujo” tratando de encontrar explicación alguna al intenso y absurdo amor del rey. Con la piel verdosa y los ojos saltones, la corte especulaba sobre alguna transformación anfibia mal completada, algún beso mal dado, una falla en alguna varita mágica. El rey sonreía y suspiraba “mi reina, mi vida, mi hada” mientras alegres piojos brincoteaban de las trenzas de la reina a la exquisita túnica del hombre enamorado.

“es una bestia” decía el marqués a sus sirvientes
“es una bruja” croaban las ranas del real estanque.

Dormida por años, bajo un malévolo hechizo, la reina había perdido entre sueños su encanto. Primero el cabello dorado, luego la piel tersa, la calidez de los labios. Encerrada en una torre húmeda y fría, pequeños hongos crecieron en la sonrisa azul del príncipe que jamás llegó y que ella siempre soñaba.

A la luz de la luna, la nariz puntiaguda de la reina brillaba primorosamente, sus pómulos se suavizaban y la sonrisa cansada se llenaba de ternura “mi rey, mi vida, mi sol”.

Sueños

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A veces sueño con un coagulo grande y rojo. Llora cuando tiene hambre y lo tomo en brazos y lo amamanto por horas y horas. Entonces vienes tú y me besas la boca y me acaricias los senos llenos de sangre. A veces lo tomo en brazos y se me escapa y se estrella en el piso y llora. Y yo también lloro frente al charco de sangre que crece bajo mis pies.

A veces sueño con una casa llena de niños corriendo descalzos sobre un piso cubierto de vidrios.

El señor de arriba

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Rafael Rivera está sentado frente a su monitor con un cigarro en la mano, igual que ayer, anteayer y los días antes de eso.
La novela, insulsa e inconclusa, lo mira desde una pantalla llena de pelusas, bosteza y se vuelve a adormilar.

Rafael no es viejo, aunque a veces siente que sí, sobre todo cuando hace frío.
Si no odiara a los gatos seguramente tendría uno blanco, o tal vez uno negro, jamás uno amarillo.

En el mini bar de su cocina —se rehúsa a comprar refrigerador— hay tres gelatinas de sabores inexistentes (fresacuyá, naramangon y limacote), un café mocha a medio tomar, un anacrónico jamón con pintitas azules y un cartón de leche descremada sabor vainilla.

Rafael es maestro, adora el sabor de la tiza y las E mayúsculas que dibuja en el pizarrón.
De niño disfrutaba amasar la corteza de los panqués y crear pequeñas ciudades que nunca se comía.

El cigarro se apaga y Rafael busca en el único mueble de su habitación una cajetilla de Delicados. Es la última.
Su perro imaginario, Tuco, bosteza y se estira.
Rafael busca citas cada fin de mes en la biblioteca. Le gustan las que lloran con Neruda y las que ríen con Benedetti; ésas, dice Rafael, son las que tienen las ideas más absurdas sobre el amor. Aprecia a las mujeres curveadas con senos medianos que se burlan de la gravedad, pasa de largo con aquellas de nalgas planas y gusta de mordisquearle las orejas a las mujeres con aretes largos.

Si no tuviera gastritis, Rafael viviría de sopas Maruchan con limón y salsa Chapala.
En su baño hay un cenicero, un jabón que encontró en oferta, shampoo anti caspa y una colección de frasquitos aromáticos que año tras año sus alumnas se empeñan en regalarle.
Sobre el tanque, Mafalda reposa junto a Savater (garabateado para ser dictado mañana en clase), Arreola se inclina sobre Huxley y un libro de autor desconocido peligra con caer.

Rafael es feliz, aunque sus alumnos de secundaria no le crean; le gusta usar Converse, aunque sea viejo para eso; le gustan las mujeres feas, aunque le molesta que sean las que se enamoran más. Sin siquiera darse cuenta logró el aspecto desamparado y desgarbado que, de adolescente soñó.

Walter Milagros

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De no haber sido por la reversa de ese carro, el gato amarillo tendría cuatro patas y no tres. Bastó que la luminosa uña, que habitaba aquel níveo dedo, tocara suavemente la herida para que la gatuna agonía terminara. “Walter milagros” volvió patas muñones caninos; alas truncas recuperaron plumas, colas mochas se vieron nuevamente esponjosas, bigotes fracturados reparados y rizados para el deleite de los apurados dueños.

“Walter milagros” nació arrullado por un barco que naufragaba en el momento exacto en que Piscis abandonaba la casa de acuario; cuando la estrella de la buena fortuna murmuraba maldiciones gitanas en contra del amor.
De ropa hindú y amuletos varios, un hombre de edad dudosa saludaba a Walter todas las mañanas desde un portarretratos. Rubio y de ojos alegres, Walter fantaseaba con un padre místico que había muerto aplastado asistiendo el parto primerizo de la elefanta favorita de algún sultán.

Convencido de la profunda relación entre las estrellas y la felicidad humana, Walter escribió con gran esmero versos de gran belleza dedicados a los astros. Años más tarde miraría con orgullo a fumadores empedernidos leer atentamente estos versos, estampados primorosamente en cajitas de cerillos.

Walter amó y fue amado por cada una de las criaturas karmáticas de la tierra. Psicólogo, astrólogo y parapsicólogo, los sagrados conocimientos de Walter trascendieron más allá de su buena cara y de su facilidad de palabra. Ayudó a grandes y pequeños en problemas reales y ficticios. Volvió sutiles amores trágicos, complicó existencias sosas; hiló y deshiló constelaciones varias.
Durante noches de insomnio Walter bordó delicadamente cada uno de los signos zodiacales. De gran corazón y enamorado de la humanidad, Walter donó sus bordados a una casa de asistencia en el momento justo en el que recibió de los astros el mensaje divino de la fatídica muerte de la madre Teresa de Calcuta.

Aunque rico y poderoso, Walter vivió austeramente fuera de las cámaras. Actualmente continúa soñando con elefantas amorosas que lo mecen tiernamente en su trompa.

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