Nubes y maletas

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Me gusta pensar que antes era menos horrible viajar. Pienso en los pasajeros abordo de un tren, despidiéndose amorosamente de los familiares que los ven partir.

Imagino un cuarto (¿camarote?) amplio con sillones cómodos. Un periódico en la mano, alguna bebida cerca. Conversaciones espontáneas con el compañero de viaje. Trayectorias largas que se recorren despacio, dejando el tiempo necesario para extrañar la tierra que se aleja y añorar la estación que espera.

Los viajes en barco se me antojan serenos, rítmicos. Adecuados para soñar ─bien despiertos- mientras la mirada se pierde en las ondas diminutas que se forman en el agua.

Ya no. Hoy en día viajar es una pena, un castigo monstruoso para el hombre moderno. Pareciera ser que el futuro, con su apabullante inmediatez, ha venido a estropearlo todo.

Bajo la promesa de un viaje acelerado, de la ilusión de llegar a un destino lo más pronto posible, hemos renunciado al placer de viajar. Los trenes, casi extintos, cedieron el paso a artefactos igual de ruidosos, más grandes, más incómodos, agobiantes. El tiempo antes destinado al traslado se sufre ahora en una sala de espera, en una fila para documentar, en la línea de abordaje.

Se nos priva del paisaje, también. Salvo la ciudad que se asoma al momento de despegar y aterrizar, la ventana se limita a compartir nubes tristes, perezosas, insulsas. Manchas en el cielo que, además de monótonas, traen consigo turbulencias.

Los asientos diminutos constriñen el cuerpo, arrebatando así el sentimiento o ilusión que nos animó a viajar en primer lugar.

Las azafatas de antaño, impecables, han terminado por difuminarse. Ahora señoritas de peinados relamidos y labios rojos lo apresuran a uno para incrustarse en el asiento, inclementes, sin simpatía alguna. Justo cuando uno ha logrado dormirse, sádicas, pasean por el diminuto pasillo, ofreciendo bebidas de precios dudosos, galletas viejas, muecas de hastío.

El compañero de viaje sufre en silencio. Desconfiado y torcido, incapaz de iniciar una plática amable, alguna anécdota memorable, nada.

Luego de horas insufribles, llega el momento del aterrizaje y con él los instintos más salvajes de los viajeros: se paran con prisa, se amontonan en el pasillo, abren compuertas con violencia y esculcan hasta apoderarse de su maleta.

Maltrechos, jorobados y humillados, bajan obedientemente del avión. Esperando más maletas, miran fijamente cual imbéciles alguna banda giratoria. Filas, empujones, abrazos y bienvenidas bruscas supeditadas a las altísimas tarifas de un estacionamiento.

Imagino que antes era menos horrible viajar y rumio despechada esa idea mientras arrastro penosamente mi maleta. Esperar, abordar, aterrizar, desempacar. Qué asunto tan horrible es viajar.

Así cantaba Nat King Cole

Sentada en una silla medianamente incómoda miro furiosa un mural que adorna la pared. Un paisaje que se esfuerza mexicano, iglesia al fondo, mariachi cantando. Un charro corteja a una dama mientras otras dos lo observan desde lejos. Miro el mural una segunda vez y la furia aumenta. Es hasta la tercera mirada, ceño fruncido, que doy con el epicentro de mi amargura: el moño no es rosa mexicano. De hecho todo aquello que intenta ser rosa es en realidad fosforescente, chilloso, ofensivo. Color apropiado para una señal de tránsito, un letrero radioactivo, la panza de una araña ponzoñosa.

El moño no es rosa mexicano y con eso todo se convierte en burla. El charro, el mariachi, el restaurante que se anuncia como el más mexicano (de la región gringa donde ahora habito) se erige como amo y señor del mural apócrifo. La irritación visual se convierte en dolor físico justo cuando doy el primer bocado a unos supuestos chilaquiles. Espurios, engañosos, deshonrosos. El súper mexicano, el más mexicano, ofrece totopos resecos bajo un nombre falso. Debí de haberlo sospechado cuando, al pedir el platillo, aquél paisano me negó el pollo “sólo huevo o asada”. Una verdadera decepción amorosa de casi cuarenta dólares. Mientras más comía de aquel remedo de plato, más me ofendía el mural. El charro agringado se burlaba de mí desde las alturas. Clarito lo escuchaba cantar con el mismo tonito de Nat King Cole “aqueios ojios verdies de mirada sereina…” Desengaño, traición ¡Qué alguien haga patria!

Rumiando mi descontento, escuchaba una selección musical digna de cantina de película gringa. Desde aventurera hasta reguetón, pasando por ritmos de banda cuyo interprete me niego a conocer. Entre canción y canción el promocional del restaurante/supermercado “el lugar más amigable, el lugar más mexicano” ofertas de pan, pasteles, bolillos.

Me ganó el desencanto y me rehusé a seguir comiendo aquel menjurje (que además resultó ser un platillo especial con huevo, asada y un remedo de chorizo que más bien sabía a hueva de pescado triste). Me enojé, hice pataleta y me quedé con hambre ¿De qué sirve que tanto mexicano emigre para estos rumbos? ¿Dónde quedó esa primera generación de señoras que cruzaron la frontera con todo y cazuelas? ¿Por qué nadie ha llamado a las autoridades correspondientes? ¿A quién quieren engañar con estos falsos chilaquiles?

Mi marido, en un intento por consolarme, me explicó que eso siempre pasa, que así es como se enriquecen las culturas, que los platillos se adaptan a la materia prima disponible. Yo me limité a mentarle la madre por haberme llevado ahí. Ni estamos tan lejos de México, ni se requiere tanta ciencia para unos chilaquiles. Además ahí se anuncian con bombo y platillo como el lugar más mexicano. No es como si hubiera ido a buscar tacos auténticos a Taco Bell. No. Fui al súper mexicano por unos humildes chilaquiles en un ataque de nostalgia gastronómica y terminé herida ¿cómo hace esta gente para dormir por las noches? ¿Cómo es que nadie los ha acusado de atentar contra un patrimonio cultural? ¿Serán de los que lloran cuando escuchan la de México lindo y querido? Quién sabe. Yo sí lloré. Lloré por todos los mexicanos del mundo que están lejos de su país. Lloré por el pozole, por las tortas, por el mole, por los tamales. Acá nada es color rosa mexicano.

He aquí el mural apócrifo. Desde aquí no se le ve lo fosforescente al moño.

Sobre el sudor

Blue water splashing on a backdrop.

Me atrevo a afirmar que el cuerpo de uno nunca suda, entero, al mismo tiempo. Dependiendo de la situación la zona de sudado variará. Hay personas, por ejemplo, que sufren de manos sudorosas en situaciones comprometedoras; a otras las axilas los traicionan.
Tampoco se puede afirmar que existe una manera única de sudar: se suda a chorros, se perla la frente de sudor, se humedecen los cuerpos, se empapa la camisa, se suda a gota gorda. Lo cierto es que el sudor es incómodo, una reacción primaria del cuerpo frente al descontento.

Sudamos cuando estamos nerviosos, estresados. Sudamos cuando el calor es insoportable. Nos envolvemos en trapos místicos para sudar la enfermedad. Se suda cuando se hace ejercicio (¡Qué espanto!) cuando se come un pozole sustancioso, o un menudo, o una taza llena de café.

Existen también los sudores eróticos, sudores mecánicos que bien delatan las ganas o que señalan que no se puede más. Sudores que convierten al cuerpo deseado en una masa de pronto escurridiza o pegajosa, difícil de maniobrar. Delata también el sudor la falta de higiene, revela los olores vergonzosamente propios en los que invertimos tantas cremas y perfumes.

Supuestamente también sirve de excipiente para las sustancias del amor conocidas como feromonas.  A través del sudor se llega al otro para convencerlo de que no se es del todo desagradable. Por desgracia, existen personas sin pudor alguno para sudar. Personas que, al primer esfuerzo y víctimas de su propio cuerpo, quedarán empapadas. Peor aún: hay victimarios que a la primera gota de sudor llenarán la habitación de su olor.

Debido a la complejidad en los asuntos sudorosos, el mercado está lleno de productos dirigidos a esto. Productos para silenciar el sudor, para disminuirlo, para vestirlo de aromas sintéticos mientras se blanquea a una sensible axila (nota: habrá que buscar la relación entre el sudor y el color de la zona que lo expele). Productos naturistas a base de clorofila, bebidas para mejorar el olor y consistencia del sudor.

Se dice que el sudor también difiere entre razas, aunque pareciera ser que está directamente relacionado con la comida y las especias. Se dice, por ejemplo, que el sudor del hindú difiere del sudor del mexicano, aunque se empareja cuando se come barbacoa o menudo. Se dice también que en la raza negra el sudor recrudece su olor y potencia. Habría que investigar qué pasa entonces con el sudor de los mulatos, de los cambujos, de los castizos y moriscos.

Sudar, generalmente, es vergonzoso. Extender una mano sudada a manera de saludo con la debida advertencia “perdón, estoy todo sudado”. Vulnerables ante los ojos ajenos que escrudiñan el cuerpo en busca de alguna mancha que delate o demuestre algo. Dejar la silla sudada después de una soporífera conferencia, sudar los calcetines prestados, sudarle encima al otro.

Hay, por otro lado, lugares adecuados para sudar. Además de los saunas y baños de vapor donde el sudor se mezcla con el ambiente, sudar en un gimnasio es totalmente aceptable, es más, se exige.  Se juzga al cuerpo reseco pues la ausencia de sudor demuestra una falta de esfuerzo. Se aplaude a aquel que se desbarata en pujidos y sudor. Lo mismo para el trabajo físico: si se construye una barda se espera sudor, si se planta un árbol, si se limpia una casa. Sudar hasta que duela, sudarlo todo, dejar la vida empapada.

Personalmente padezco de sudores en manos y pies. Apenas unas cuantas gotas en las axilas. Las extremidades sudadas, además de incómodas, son peligrosas. Uno vive con el temor de resbalarse de la propia chancla, deslizarse del zapato o que se le escape un objeto sudorosamente lubricado. Vivo entonces de talcos que no hacen más que convertir mi padecimiento en engrudo. Me mantengo informada de los avances médicos para remediarlo. Inyecciones de botox en las palmas, extracción de las glándulas sudoríparas, untamientos de cristales orgánicos en todo el cuerpo. Ninguno me convence.

De una u otra forma he aceptado mi condición humana de poros sudorosos. Es por eso que también decidí no tener hijos, no vaya ser que se me resbalen de las manos húmedas o peor aún, que les herede esta condición tan trágica.

Dímelo al oído

virusHace ya tiempo – cuando las nalgas ajenas aún quedaban por arriba de mi cabeza- derramé frutsi en el asiento trasero del carro cuasi nuevo de un tío: aquél elixir de artificio fue absorbido ágilmente por mi sudadera infantil. Nadie lo supo, jamás.

Me encantaría decir que al igual que eso nadie se enteró de que yo amaba a un tipo severamente afectado por el acné, o que la vecina sí fue novia del granoso en cuestión, o que suelo besar a cierto tipo cuando los planetas y el alcohol se alinean; pero sucede que en ocasiones –no siempre-sufro de verborrea y mi pecho se convierte en la bodega más porosa del mundo. En mi defensa puedo decir que no soy ni la primera, ni la única. De hecho, según estudios muy serios, lo primero que uno hace con los secretos -propios o ajenos- es elegir compañero(s) de carga.

El problema reside en que nuestro cómplice sufrirá de la misma necesidad culposa en algún momento y edificará dos o tres bodegas más, que a su vez tendrán esa misma necesidad y elegirán a otro acompañante y a otro y a otro y otro. Al final ni los poseedores del secreto se conservan anónimos y uno termina por saber exactamente a quién preguntarle qué de aquello que se contó en voz bajita, detrás de la puerta escondida del baño más lejano, del edificio al que casi nadie va.

El modus operandi de un secreto bien podría compararse con el de un virus: se propaga, contagia, muta, desaparece y cuando uno se cree inmune a él, vuelve. Además, al igual que los virus, la vacuna contra un secreto es soltar aquello en pequeñas dosis para crear anticuerpos (en estos casos uno corre el peligro de que entre cada dosis el bodego se entretenga en inventar un jugoso chisme).

El secreto y la culpa van de la mano (¿entusiasmados?): si uno hace algo que deje un tufito culposo, irremediablemente se convertirá en secreto. La suciedad de aquel acto (léase romper la dieta, paternidad equívoca, fallo anticonceptivo, etc.) terminará por convertirnos en monstruos quejumbrosos y sombríos que vagan de rincón en rincón, hasta el día que encontremos a un pobre imbécil para compartir la mugre. Como dice aquél dicho- que a fin de cuentas sí está bien dicho- mal de muchos consuelo de pendejos.

Línea recta

Pronto

Existen personas incapaces de esperar con gracia. Absurdos, estorbosos, amorfos. Invadiendo (con violencia) un lugar. Jamás ocupándolo. De vez en cuando nos indican un lugar especial para nuestra espera. Un lugar perfecto, predeterminado. Calculado científicamente sin dejar de contemplar los principios básicos del feng shui. Y nosotros, los estorbosos, los inadecuados, simplemente lo estropeamos: nos cuelgan los pies del sillón ergonómico giratorio, apenas cabemos en la silla anatómicamente diseñada y en caso de hacer fila, irremediablemente obstruiremos el paso, una salida de emergencia, quizás. Los altos (porque resulta que estorbosos hay en diversas presentaciones) taparán con sus cuerpos estirados el único cuadro que vale la pena observar en todo el lugar de espera.

Tengo la teoría de que todo está en los genes. Entonces existe la posibilidad de que yo conciba un hijo (qué espanto). Mi vientre crecerá de la forma más antiestética posible. Jamás conoceré la tierna redondez que se esperaría de una madre -esperar, esperar-. De igual manera el feto crecería de manera incómoda. Los ecos revelarían una mancha extraña, retorcida. Un conglomerado de células sufriendo una espera propia y ajena.

Hay que aclarar que esta incapacidad de espera jamás equivaldrá a ser impacientes. Los absurdos aguardamos mansamente nuestro turno. Lamentamos en verdad causar pena a los que nos miran, y aún más a aquellos que no lo hacen y terminan tropezándose con nosotros. Callados, inmóviles. Intentando hacer menos evidente nuestra discapacidad. Como quien oculta un muñón bajo una manga larga. Granos voluptuosos torpemente maquillados.

Cuando el periodo de espera es corto, uno puede arreglárselas de cierta forma. Se puede, por ejemplo, fingir que se mira con atención un reloj, que se lee un aviso, que se quita una inexistente pelusa del hombro. Pequeños objetos que vuelven menos absurda nuestra existencia. Un libro, un folleto, un chicle, un cigarro. La espera, aunque sin gracia, se torna menos ociosa.

También hay gente con mucha gracia para este asunto. Un don, una cualidad, una virtuosa espera. Sus cuerpos posan y terminan siendo una postal perfecta. Un afiche, un espectacular. Perfiles finos y cuerpos estéticos que embellecen aún más mientras hacen fila. Maniquíes vivos, modelos naturales. Gente inmundamente feliz.

Lo más triste (angustioso) es que en esta vida todo se espera. Se espera a un amigo, un turno en el banco, un lugar en el mundo.

Probablemente nuestra nula capacidad de espera se debe a que nadie nos espera. En algún momento alguien aguardaba por nosotros en algún lugar. Luego no. Se rompe entonces el equilibrio en el mundo y la gracia desaparece. O puede que todo sea mentira y simplemente somos visualmente ofensivos a la humanidad.

Esperar: quedarse quieto hasta que algo suceda (mientras otro algo sin importancia está sucediendo). El Intervalo que hay de una desgracia a otra. Días, horas, minutos, segundos, milésimas de segundo, años, siempre, nunca.

Será diferente

Qué espantoso es el verbo enamorar. Qué terrible cuando se es o se está con él. Cuan imbécil llega a ser uno en el momento en el que sirve de sujeto a alguna oración que lo lleva como verbo, peor aún cuando viene en sustantivo.

Enamorarse significa volverse torpe y sonreír como imbécil ante la menor provocación. Por ejemplo el peinado de un desconocido que se asemeja –en un cinco por ciento y nada más en las puntitas- al del ser amado. O escuchar una canción que dice su nombre, o un carro con placas del mismo estado en el que él o ella nació. La torpeza viene, según estudios muy serios, como síntoma del peligroso cambio de oxigenación en el cerebro: demasiados suspiros, faltas de aire, exceso de titubeos. Catástrofe.

Algunos no se conforman con actuar como tontos y se empeñan en gritarle al mundo lo felices que están; los miles de corazones que ven dibujados en las nubes, en la hierba, en la caca fresca del perro matutino que pasea por ahí  todos los días. Los peores escriben poemas. Versos, que no sirven más que para ensalzar y  engrandecer acontecimientos,  cuya supuesta complicación termina revelando su simpleza (oh cariño, tú y tu paleta, el mundo gira cuando la lames).

Algunas mujeres- las más nefastas- se entregan con ahínco a la cocina, convencidas de que un panzón hambriento ama menos que uno bien alimentado. Otras se vuelven tontas y terminan escribiendo cartas pubescentes y se dan permiso- sí señor, se lo dan- de escribir estrofas completas de Arjona, Iglesias (padre e hijo funcionan igual) y Camila. Las que están edad de ser ridículas –si es que existe tal cosa- desdeñan la decencia y terminan publicando en sus faces y metros “¿ No Te canzaZ dE Dar VuelTaZ eN Mi CabeZa?”.

Yo me enamoro, tú te enamoras, ella se enamora. Ingenuos, incautos, inexpertos. Con suerte – o  para desgracia del mundo – sucede que dos personas se miran de frente y se enamoran perdidamente uno del otro. Entonces comparten la ridiculez, la torpeza, las mariposas, el sudor en las manos y todos esos lugares comunes del amor. Luego una relación o “algo así como una relación”.

Albricias, albricias: el mundo se vuelve pequeño para ellos dos. Se vuelven uno, se mandan mensajes, se procuran y se aman. Sucede también que con frecuencia los sentimientos brillosos y rosas se opacan de apoco por el smog de lo cotidiano. Luego la costumbre, la rutina, el hastío.

Mariposas muertas fermentándose en el intestino grueso. Separación, reparto de bienes, de culpas, de reclamos y de ausencias.

Lo terrible del ser humano es que a cada caída- y después del duelo correspondiente- uno termina por re inventarse: refresca apodos, renueva caricias. Escavar en uno mismo para encontrar sentimientos nuevos. Convencidos-triste es- de que esta vez  sí será diferente.

Para decir

para_decir                   Sonido (Del lat. sonĭtus, por analogía prosódica con ruido, chirrido, rugido, etc.). 1. m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire. 2. m. Significación y valor literal que tienen en sí las palabras. Estar al sonido de las palabras.

Usualmente la boca es epicentro de placer. Besar, beber, fumar. Articular un sonido. Luego otro y luego otro: formar una palabra. Paladearla, guardarla en la boca y finalmente pronunciarla. Golpe de aire que se antoja único e irrepetible.

Me gustan las palabras. Las imagino saliendo de mi boca como burbujas, como volutas de humo, perlitas de saliva destinadas a posarse en alguna mejilla desprevenida. Con las palabras el sonido lo es todo. De nada sirve el significado cuando la fonética es impertinente. Preciosa es una palabra horrible: El primer golpe, el siseo, la sequedad de la pronunciación. En cambio, grotesco bien podría llenar una habitación con sus tres sílabas. Grotesco. Algo de garganta, mucha lengua, diente, labio. Perfección.

A excepción de preciosa, encuentro en las palabras con p el palpitante placer de un primer beso. Probar, pretender, periplo, pulso, plegable, pretexto, pulposo, pliegue, pomelo, plácido.  También las palabras con C como cocorita, cocuyo, carcome, crocante, cóncava, convexa. 

Estupendo se me antoja un hechizo, como si al mirar fijamente algo y gritar ¡estupendo! ese algo se convirtiera en algo prodigioso. Gato estupendo, guisado estupendo, estupendo patán.

Mantecado, jacaranda, pichón, cabrón, posesión, populista,  perplejo, pulpo. Cuando las palabras han de formar una frase, viene la importancia del silencio. Del espacio entre ellas para que el propio eco de sus sílabas exista. La acústica contenida en una hoja tamaño carta de papel bond supera, por mucho, la de una cartulina fosforescente. Nada más rico que la porosidad de una palabra escrita en una servilleta (mejor aún si la servilleta lleva labial de alguna mujer bonita. Rojo.)

Algunas voces no son apropiadas para ciertas palabras. Y no, no es asunto de tartamudeo o frenillo. Simplemente hay gargantas (y algo llamado caja de resonancia) que asesinan el encanto propio de estas. Asunto del aliento, tal vez. O a mayor número de dientes mayor rebote y entonces la palabra pierde fuerza. Explico (especulo en realidad): aquellas personas que carecen de muelas del juicio jamás pronunciarán dolor con la misma intensidad que las que sí las tienen.  O algo así.  

Cuando se repite constantemente una palabra se vuelve absurda. El sonido inverosímil. El significado cualquier cosa. Cuchara. Cuchara. Pasa de ser un utensilio a un eco cualquiera. Cuchara. A estas alturas resulta pertinente  escribir que me importa poco  el significado de las palabras, siempre y cuando suenen bien (como aquella tira de Mafalda donde le grita “astuta” a su madre con intenciones más bien ofensivas). Afortunadamente, existen palabras que suenan exactamente a lo que deben significar. Monstruoso. Mermelada. Molusco.

Existen también los casos de personas que por asuntos ajenos a su entendimiento, asesinan la cadencia propia de las palabras. Mi maestra de sexto, por ejemplo, gritaba durante las lecciones cumbre del curso “ya están en sesto año, muchachos, ya tienen que saber esto”. También amenazaba con tirar los trabajos más desastrosos al cesto. Además del sonido, mi gusto morboso por las palabras incluye la vista: las disfruto más cuando están escritas a máquina. Redondas. Detesto las itálicas.  Una palabra escrita a mano da la impresión de que sonará diferente. Luego está el asunto de que  a veces el pulso es horrible y que la mano tiene capacidad para convertir una palabra exquisita en un abominable jorobado.

Algunas personas se enamoran de la palabra sin poder separarla del objeto que representan. Tacón. Luego unas piernas y luego unas nalgas (glúteos, mejor). Resulta también que esta palabra (tacón) es doblemente fonética: cuando se pronuncia y cuando se camina. Sonidos simples, gratificantes. Sexo y morbo incluidos. Algunas personas nos obligan a enamorarnos de una palabra. Nombres, apodos. Cursilerías fonéticas como decir en voz alta la combinación exacta de números que llevan a alguna dirección. O alguna voz.

Me gustan las palabras, las cursis, las obscenas, las simples y las complejas. Generalmente no conozco a ciencia cierta si la palabra es aguda, esdrújula, preposición, adverbio, propia, ajena o inventada. Culpo a mi enamoramiento: mis ojos no quieren ver más allá, sólo disfrutarlas. No vaya a ser que descubra algo tenebroso y las mire con recelo y me enoje. Y las olvide y me quede muda y apática por siempre.