Planes de vida

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Creo qué mis días terminarán en una casa del infonavit. Un cholo acariciando mi tatuaje. Las piernas reventadas de tantas várices.

Mi hijo Braulio con la cara llena de mocos. Llorando la presencia de su padre violento. El de la eterna caguama. Chofer de un 619-A

Yo seré dependienta en fábricas de Francia. Departamento de tallas extras. Las cejas tatuadas, los sueños rotos.

Pero seré medianamente feliz. Iré a misa a buscar consuelo. Lloraré el día en que Braulio reciba el cuerpo de Dios por primera vez.

Los pies deformes por el tacón. El segundo embarazo. Una niña. Su padre la llamará Maribel Galilea. Como los posters que adornan su camión.

Tercer, cuarto, sexto hijo. Todos hombres. Todos con nombre de algún boxeador.

Maribel Galilea en su fiesta de xv. Se da cuenta de que me odia. Se perfora el ombligo. Se tatúa el nombre de su novio. Se va de casa.

Braulio no bebe. El mejor de mis hijos. Estudia derecho. En viernes golpea a su novia. Ella siempre lo denuncia. Se casan. Luego un bebé.

A estas alturas mi tatuaje es una mancha amorfa. Ninguno de mis hijos habrá leído el principito. Lloraré todas las noches.

A lo lejos, muy lejos, mi marido ronca y acaricia el tatuaje de una mujer joven. A lo lejos, más lejos, me quedo dormida. Sola. Sola.

Hechizo

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Érase una vez un rey enamorado de una mujer extraordinariamente fea. De cabellos falsos y cirugías varias, atinar a la edad de la reina sobrepasaba los poderes adivinatiorios de los hechiceros reales. La corte murmuraba “embrujo, embrujo” tratando de encontrar explicación alguna al intenso y absurdo amor del rey. Con la piel verdosa y los ojos saltones, la corte especulaba sobre alguna transformación anfibia mal completada, algún beso mal dado, una falla en alguna varita mágica. El rey sonreía y suspiraba “mi reina, mi vida, mi hada” mientras alegres piojos brincoteaban de las trenzas de la reina a la exquisita túnica del hombre enamorado.

“es una bestia” decía el marqués a sus sirvientes
“es una bruja” croaban las ranas del real estanque.

Dormida por años, bajo un malévolo hechizo, la reina había perdido entre sueños su encanto. Primero el cabello dorado, luego la piel tersa, la calidez de los labios. Encerrada en una torre húmeda y fría, pequeños hongos crecieron en la sonrisa azul del príncipe que jamás llegó y que ella siempre soñaba.

A la luz de la luna, la nariz puntiaguda de la reina brillaba primorosamente, sus pómulos se suavizaban y la sonrisa cansada se llenaba de ternura “mi rey, mi vida, mi sol”.

Sueños

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A veces sueño con un coagulo grande y rojo. Llora cuando tiene hambre y lo tomo en brazos y lo amamanto por horas y horas. Entonces vienes tú y me besas la boca y me acaricias los senos llenos de sangre. A veces lo tomo en brazos y se me escapa y se estrella en el piso y llora. Y yo también lloro frente al charco de sangre que crece bajo mis pies.

A veces sueño con una casa llena de niños corriendo descalzos sobre un piso cubierto de vidrios.

El señor de arriba

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Rafael Rivera está sentado frente a su monitor con un cigarro en la mano, igual que ayer, anteayer y los días antes de eso.
La novela, insulsa e inconclusa, lo mira desde una pantalla llena de pelusas, bosteza y se vuelve a adormilar.

Rafael no es viejo, aunque a veces siente que sí, sobre todo cuando hace frío.
Si no odiara a los gatos seguramente tendría uno blanco, o tal vez uno negro, jamás uno amarillo.

En el mini bar de su cocina —se rehúsa a comprar refrigerador— hay tres gelatinas de sabores inexistentes (fresacuyá, naramangon y limacote), un café mocha a medio tomar, un anacrónico jamón con pintitas azules y un cartón de leche descremada sabor vainilla.

Rafael es maestro, adora el sabor de la tiza y las E mayúsculas que dibuja en el pizarrón.
De niño disfrutaba amasar la corteza de los panqués y crear pequeñas ciudades que nunca se comía.

El cigarro se apaga y Rafael busca en el único mueble de su habitación una cajetilla de Delicados. Es la última.
Su perro imaginario, Tuco, bosteza y se estira.
Rafael busca citas cada fin de mes en la biblioteca. Le gustan las que lloran con Neruda y las que ríen con Benedetti; ésas, dice Rafael, son las que tienen las ideas más absurdas sobre el amor. Aprecia a las mujeres curveadas con senos medianos que se burlan de la gravedad, pasa de largo con aquellas de nalgas planas y gusta de mordisquearle las orejas a las mujeres con aretes largos.

Si no tuviera gastritis, Rafael viviría de sopas Maruchan con limón y salsa Chapala.
En su baño hay un cenicero, un jabón que encontró en oferta, shampoo anti caspa y una colección de frasquitos aromáticos que año tras año sus alumnas se empeñan en regalarle.
Sobre el tanque, Mafalda reposa junto a Savater (garabateado para ser dictado mañana en clase), Arreola se inclina sobre Huxley y un libro de autor desconocido peligra con caer.

Rafael es feliz, aunque sus alumnos de secundaria no le crean; le gusta usar Converse, aunque sea viejo para eso; le gustan las mujeres feas, aunque le molesta que sean las que se enamoran más. Sin siquiera darse cuenta logró el aspecto desamparado y desgarbado que, de adolescente soñó.

Abrazo

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Con épica pereza el pulpo retoza en el fondo de una pecera. Bosteza: burbujas varias agitan el agua quieta del estanque azul. De vez en cuando el pulpo suspira: anhela un abrazo completo de ocho brazos y piel viscosa. De pronto aventura un tentáculo fuera de su vasija. El aire caliente del acuario desértico quema sus delicadas ventosas. A pesar del escozor, el pulpo sonríe aliviado: afuera el frío del agua no es más que un recuerdo. Otro tentáculo, otro. Dolor caliente que reconforta. 

A lo lejos, en la misma habitación, un pez de apariencia incierta mira con sincera envida la momentánea felicidad del pulpo. Se acerca, temeroso, a la superficie: el agua es más clara si uno se aleja lo suficiente de las piedras mohosas del fondo. Igual siente el calor. Suspira y ensaya un salto liberador que lo seca por un momento: cálido, ajeno, feliz. El pulpo lo observa y sonríe. Diminutas esferas rellenas de aire bailotean en el pequeño espacio que lo contiene. Las plantas artificiales de la habitación del pez amorfo copian el ritmo. Atención: se avecina un instante irrepetible de belleza insuperable. El pulpo arroja su cuerpo fuera del agua, tose. El pez salta fuera de su pecera. Boquea. Tentáculos ansiosos recorren distancias largas para alcanzar un cuerpo imperfecto.
 
El pez boquea, boquea, boquea.

Pan de vida

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María la adivinadora recibe a la misma hora- justo antes de que el panadero termine de amasar el bolillo- la visita del joven de sus sueños en su místico localito “Luna Parda”.

María peina cuarenta y seis veces la peluca rubia- en la que cultiva piojos metafísicos, expertos en los amarres de amor, y pasa otras cuarenta y seis veces sobre sus pestañas el rímel de pezuña de camello para resaltar su tercer ojo vidente.

El joven sufre calores nocturnos y espasmos matutinos sin razón aparente;se levanta cansado, con mirada púrpura y considerablemente deshidratado.

Con las manos secas acude a María la adivinadora, esperando encontrarle remedio cristiano a su terrible situación. El joven no sabe que María sabe, que la humedad de los temblores del joven son ocasionados por el tufito dulce que emana la blanquísima entrepierna de la menor de las hijas del panadero.

Él permanece inmóvil-rezando seis padres nuestros y diez aves marías- mientras la adivinadora frota con furia y manzanilla la dureza del mal de amores y ahuyenta- en el nombre de San Juan Virgen Redentor- al pecado crónico contenido en aquél pantalón.

Ella grita, el joven convulsiona, el incienso se apaga y el pecado sale.

Cada martes- mientras el panadero acomoda su canasta- María la adivinadora arrulla en brazos al joven de sus sueños.

Él dormita y suspira: en sueños, una nube blanca lo exprime una y otra vez.

Amores de mercado

mercadoCon las nalgas de fuera vocifera la Mandrila, personaje considerado ya un clásico en la literatura de los baños de central camionera.

La mujer de senos y cabellos rojizos demuestra su enojo estrellando una taza de marca poco conocida en la pared “maldito machismo anacrónico” grita y se rasca las ladillas con desesperación. Una rata mordisquea sus tacones rojos, una cucaracha pinta con delicadeza sus labios –rojo pasión- y una chinche extraviada se acurruca en un arete de metal desconocido.


La Mandrila trabaja de 10 a 6, de lunes a domingo y de 8 a 9 en las fiestas de guardar. Ahorra cada centavo durante dos semanas; a la tercera lo malgasta en baratijas del waldos , las flores de plástico-dice- llenan su casa de vida.

Un gato flacucho escupe una peluca con trenzas, lame sus patas delanteras y se va.

La Mandrila sufre de amores por el muchacho de brazo ancho que parte –en cuatro y de un sólo golpe- carpas y guachinangos en la pescadería del mercadito. Lo quiere, lo ama, lo desea y en sueños lo tira y se lo tira a mitad de una primera comunión.

El pendejo del pescadero es un pendejo y sufre en secreto por la Mandrila que se desbarata en movimientos de lombriz enlimonada frente a él.

“Maldito machismo anacrónico” repite la mujer de caderas anchas y pestañas postizas.

Se arranca la extensión rubia, la castaña, la dorada, la morada y se queda calva.

A lo lejos el pescadero besa apasionadamente a un pulpo, le palpa los tentáculos y suspira soñando en restregar sus genitales- a ritmo de reggeton- en la sabrosísima espalda de su amada Mandrila.

La Mandrila cae de rodillas y se desbarata en llanto. Se le caen las pestañas, se le caen las ganas, los años y la juventud.

El pescadero, aún a lo lejos, fuma sentado en la barra; a su lado el pulpo llora quedito y suspira de amor.