Vinagre y canela

“Hoy será un buen día” dice el hombre al espejo. Se lava los dientes, se peina el bigote. Se persigna y aprovecha el movimiento para ponerse perfume. Frente, ombligo, hombro, hombro. “Hoy será un buen día” repite mientras prepara café. Le arranca un pedazo al picón que le vendió la muchacha morena de dientes amarillos. Media manzana, un sorbito de leche para mantener alejada a la gastritis. Se acuerda de su vasito de agua con vinagre y se lo toma de prisa.

“Hoy será un buen día” y sale a la calle, convencido de que el sol brilla para él, de la misericordia de Dios y de lo bueno que le ha salido la canela para bajarle el azúcar. Saluda a los vecinos, le sonríe a los perros, cruza la calle por la esquina. Se le corta la frase y una moto le corta el paso. “caite con lo que traes, cabrón” Se le agacha la sonrisa. Se le sube la presión “no te hagas pendejo, el reloj” se le va la quincena, se le va lo del gasto, lo de las medicinas. Se cae. La muchacha morena de los dientes amarillos corre y detiene a una patrulla. El hombre se sienta, despacito. Se toca la frente, le tiemblan las manos. Hoy será un buen día, se acuerda, y aprovecha el momento para acariciar las nalgas de las muchachas que lo ayudan a parar.

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Es que la vida…

Te pasas las ganas de llorar con un buche de agua. Agua vieja y gratuita de filtro dudoso que te sirves cada dos días en el pasillo de la oficina.
Escribes sin ganas y con prisas con el teclado lleno de moronas. La c se atasca con una pasa añeja. Tu compañero se salva de recibir una palabra altisonante en el último correo.

Reloj pasivo agresivo y digital. Se arrastra, bosteza. Te palpita el acné adulto, ese que tuviste desde la niñez. A eso se dedica tu cuerpo: a alimentar un grano rojo en la barbilla. No hace la digestión, no duerme, no parpadea. Mejor acostumbrarse y hacerse a la idea que aquello no es un grano sino un vientre y se gesta un bebé. Rubio. Hijo del fulano que viste pasar el otro día y estaba guapo.

Música alterna en las orejas. Luz artificial acaricia tu rostro. Tres pantallas te llenan con sus rayos malévolos y cancerosos. What have I done? Canta el gringo anónimo en los audífonos.

Llega otro correo. Otro correo pendejo que se apila (virtualmente) sobre todos los otros correos pendejos que pendejamente te rehusas a contestar. Just throw it away!

Te empujas el aburrimiento y la tristeza de una vida adulta soporífera y fallida con el último trago de café descafeinado. Tienes días con insomnio. Tu compañero de cama ronca. Los animalejos brincan. La gordura te estorba. Quisieras ser una gallina para dormirte ahí, donde sea. Subirte a un árbol. Cagar desde las alturas.

Churip, churip. Mensaje instantáneo taladra las corneas. Se te cae el tímpano.  Esa rubia otra vez. Barbie guía en tiempos de abundancia. Tonta y redonda. La ignoras. Vuelve. La ignoras. Estas segura de que su marido la ignora también.

Se te cae el cabello sobre el escritorio. Piensas en hacerle una peluca a las cucarachas que seguramente viven por aquí. Imaginas que ellas sí tendrán una vida artística. Las envidias, las maldices y tiras a la basura tus pelos para que nadie haga bufandas.

Churip, churip. Otra vez la gorda. Están del mismo ancho, ella y tú. Es que la vida es así, compréndelo.

Planes de vida

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Creo qué mis días terminarán en una casa del infonavit. Un cholo acariciando mi tatuaje. Las piernas reventadas de tantas várices.

Mi hijo Braulio con la cara llena de mocos. Llorando la presencia de su padre violento. El de la eterna caguama. Chofer de un 619-A

Yo seré dependienta en fábricas de Francia. Departamento de tallas extras. Las cejas tatuadas, los sueños rotos.

Pero seré medianamente feliz. Iré a misa a buscar consuelo. Lloraré el día en que Braulio reciba el cuerpo de Dios por primera vez.

Los pies deformes por el tacón. El segundo embarazo. Una niña. Su padre la llamará Maribel Galilea. Como los posters que adornan su camión.

Tercer, cuarto, sexto hijo. Todos hombres. Todos con nombre de algún boxeador.

Maribel Galilea en su fiesta de xv. Se da cuenta de que me odia. Se perfora el ombligo. Se tatúa el nombre de su novio. Se va de casa.

Braulio no bebe. El mejor de mis hijos. Estudia derecho. En viernes golpea a su novia. Ella siempre lo denuncia. Se casan. Luego un bebé.

A estas alturas mi tatuaje es una mancha amorfa. Ninguno de mis hijos habrá leído el principito. Lloraré todas las noches.

A lo lejos, muy lejos, mi marido ronca y acaricia el tatuaje de una mujer joven. A lo lejos, más lejos, me quedo dormida. Sola. Sola.

Hechizo

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Érase una vez un rey enamorado de una mujer extraordinariamente fea. De cabellos falsos y cirugías varias, atinar a la edad de la reina sobrepasaba los poderes adivinatiorios de los hechiceros reales. La corte murmuraba “embrujo, embrujo” tratando de encontrar explicación alguna al intenso y absurdo amor del rey. Con la piel verdosa y los ojos saltones, la corte especulaba sobre alguna transformación anfibia mal completada, algún beso mal dado, una falla en alguna varita mágica. El rey sonreía y suspiraba “mi reina, mi vida, mi hada” mientras alegres piojos brincoteaban de las trenzas de la reina a la exquisita túnica del hombre enamorado.

“es una bestia” decía el marqués a sus sirvientes
“es una bruja” croaban las ranas del real estanque.

Dormida por años, bajo un malévolo hechizo, la reina había perdido entre sueños su encanto. Primero el cabello dorado, luego la piel tersa, la calidez de los labios. Encerrada en una torre húmeda y fría, pequeños hongos crecieron en la sonrisa azul del príncipe que jamás llegó y que ella siempre soñaba.

A la luz de la luna, la nariz puntiaguda de la reina brillaba primorosamente, sus pómulos se suavizaban y la sonrisa cansada se llenaba de ternura “mi rey, mi vida, mi sol”.

Sueños

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A veces sueño con un coagulo grande y rojo. Llora cuando tiene hambre y lo tomo en brazos y lo amamanto por horas y horas. Entonces vienes tú y me besas la boca y me acaricias los senos llenos de sangre. A veces lo tomo en brazos y se me escapa y se estrella en el piso y llora. Y yo también lloro frente al charco de sangre que crece bajo mis pies.

A veces sueño con una casa llena de niños corriendo descalzos sobre un piso cubierto de vidrios.

El señor de arriba

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Rafael Rivera está sentado frente a su monitor con un cigarro en la mano, igual que ayer, anteayer y los días antes de eso.
La novela, insulsa e inconclusa, lo mira desde una pantalla llena de pelusas, bosteza y se vuelve a adormilar.

Rafael no es viejo, aunque a veces siente que sí, sobre todo cuando hace frío.
Si no odiara a los gatos seguramente tendría uno blanco, o tal vez uno negro, jamás uno amarillo.

En el mini bar de su cocina —se rehúsa a comprar refrigerador— hay tres gelatinas de sabores inexistentes (fresacuyá, naramangon y limacote), un café mocha a medio tomar, un anacrónico jamón con pintitas azules y un cartón de leche descremada sabor vainilla.

Rafael es maestro, adora el sabor de la tiza y las E mayúsculas que dibuja en el pizarrón.
De niño disfrutaba amasar la corteza de los panqués y crear pequeñas ciudades que nunca se comía.

El cigarro se apaga y Rafael busca en el único mueble de su habitación una cajetilla de Delicados. Es la última.
Su perro imaginario, Tuco, bosteza y se estira.
Rafael busca citas cada fin de mes en la biblioteca. Le gustan las que lloran con Neruda y las que ríen con Benedetti; ésas, dice Rafael, son las que tienen las ideas más absurdas sobre el amor. Aprecia a las mujeres curveadas con senos medianos que se burlan de la gravedad, pasa de largo con aquellas de nalgas planas y gusta de mordisquearle las orejas a las mujeres con aretes largos.

Si no tuviera gastritis, Rafael viviría de sopas Maruchan con limón y salsa Chapala.
En su baño hay un cenicero, un jabón que encontró en oferta, shampoo anti caspa y una colección de frasquitos aromáticos que año tras año sus alumnas se empeñan en regalarle.
Sobre el tanque, Mafalda reposa junto a Savater (garabateado para ser dictado mañana en clase), Arreola se inclina sobre Huxley y un libro de autor desconocido peligra con caer.

Rafael es feliz, aunque sus alumnos de secundaria no le crean; le gusta usar Converse, aunque sea viejo para eso; le gustan las mujeres feas, aunque le molesta que sean las que se enamoran más. Sin siquiera darse cuenta logró el aspecto desamparado y desgarbado que, de adolescente soñó.

Abrazo

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Con épica pereza el pulpo retoza en el fondo de una pecera. Bosteza: burbujas varias agitan el agua quieta del estanque azul. De vez en cuando el pulpo suspira: anhela un abrazo completo de ocho brazos y piel viscosa. De pronto aventura un tentáculo fuera de su vasija. El aire caliente del acuario desértico quema sus delicadas ventosas. A pesar del escozor, el pulpo sonríe aliviado: afuera el frío del agua no es más que un recuerdo. Otro tentáculo, otro. Dolor caliente que reconforta. 

A lo lejos, en la misma habitación, un pez de apariencia incierta mira con sincera envida la momentánea felicidad del pulpo. Se acerca, temeroso, a la superficie: el agua es más clara si uno se aleja lo suficiente de las piedras mohosas del fondo. Igual siente el calor. Suspira y ensaya un salto liberador que lo seca por un momento: cálido, ajeno, feliz. El pulpo lo observa y sonríe. Diminutas esferas rellenas de aire bailotean en el pequeño espacio que lo contiene. Las plantas artificiales de la habitación del pez amorfo copian el ritmo. Atención: se avecina un instante irrepetible de belleza insuperable. El pulpo arroja su cuerpo fuera del agua, tose. El pez salta fuera de su pecera. Boquea. Tentáculos ansiosos recorren distancias largas para alcanzar un cuerpo imperfecto.
 
El pez boquea, boquea, boquea.