Es que la vida…

Te pasas las ganas de llorar con un buche de agua. Agua vieja y gratuita de filtro dudoso que te sirves cada dos días en el pasillo de la oficina.
Escribes sin ganas y con prisas con el teclado lleno de moronas. La c se atasca con una pasa añeja. Tu compañero se salva de recibir una palabra altisonante en el último correo.

Reloj pasivo agresivo y digital. Se arrastra, bosteza. Te palpita el acné adulto, ese que tuviste desde la niñez. A eso se dedica tu cuerpo: a alimentar un grano rojo en la barbilla. No hace la digestión, no duerme, no parpadea. Mejor acostumbrarse y hacerse a la idea que aquello no es un grano sino un vientre y se gesta un bebé. Rubio. Hijo del fulano que viste pasar el otro día y estaba guapo.

Música alterna en las orejas. Luz artificial acaricia tu rostro. Tres pantallas te llenan con sus rayos malévolos y cancerosos. What have I done? Canta el gringo anónimo en los audífonos.

Llega otro correo. Otro correo pendejo que se apila (virtualmente) sobre todos los otros correos pendejos que pendejamente te rehusas a contestar. Just throw it away!

Te empujas el aburrimiento y la tristeza de una vida adulta soporífera y fallida con el último trago de café descafeinado. Tienes días con insomnio. Tu compañero de cama ronca. Los animalejos brincan. La gordura te estorba. Quisieras ser una gallina para dormirte ahí, donde sea. Subirte a un árbol. Cagar desde las alturas.

Churip, churip. Mensaje instantáneo taladra las corneas. Se te cae el tímpano.  Esa rubia otra vez. Barbie guía en tiempos de abundancia. Tonta y redonda. La ignoras. Vuelve. La ignoras. Estas segura de que su marido la ignora también.

Se te cae el cabello sobre el escritorio. Piensas en hacerle una peluca a las cucarachas que seguramente viven por aquí. Imaginas que ellas sí tendrán una vida artística. Las envidias, las maldices y tiras a la basura tus pelos para que nadie haga bufandas.

Churip, churip. Otra vez la gorda. Están del mismo ancho, ella y tú. Es que la vida es así, compréndelo.

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Así cantaba Nat King Cole

Sentada en una silla medianamente incómoda miro furiosa un mural que adorna la pared. Un paisaje que se esfuerza mexicano, iglesia al fondo, mariachi cantando. Un charro corteja a una dama mientras otras dos lo observan desde lejos. Miro el mural una segunda vez y la furia aumenta. Es hasta la tercera mirada, ceño fruncido, que doy con el epicentro de mi amargura: el moño no es rosa mexicano. De hecho todo aquello que intenta ser rosa es en realidad fosforescente, chilloso, ofensivo. Color apropiado para una señal de tránsito, un letrero radioactivo, la panza de una araña ponzoñosa.

El moño no es rosa mexicano y con eso todo se convierte en burla. El charro, el mariachi, el restaurante que se anuncia como el más mexicano (de la región gringa donde ahora habito) se erige como amo y señor del mural apócrifo. La irritación visual se convierte en dolor físico justo cuando doy el primer bocado a unos supuestos chilaquiles. Espurios, engañosos, deshonrosos. El súper mexicano, el más mexicano, ofrece totopos resecos bajo un nombre falso. Debí de haberlo sospechado cuando, al pedir el platillo, aquél paisano me negó el pollo “sólo huevo o asada”. Una verdadera decepción amorosa de casi cuarenta dólares. Mientras más comía de aquel remedo de plato, más me ofendía el mural. El charro agringado se burlaba de mí desde las alturas. Clarito lo escuchaba cantar con el mismo tonito de Nat King Cole “aqueios ojios verdies de mirada sereina…” Desengaño, traición ¡Qué alguien haga patria!

Rumiando mi descontento, escuchaba una selección musical digna de cantina de película gringa. Desde aventurera hasta reguetón, pasando por ritmos de banda cuyo interprete me niego a conocer. Entre canción y canción el promocional del restaurante/supermercado “el lugar más amigable, el lugar más mexicano” ofertas de pan, pasteles, bolillos.

Me ganó el desencanto y me rehusé a seguir comiendo aquel menjurje (que además resultó ser un platillo especial con huevo, asada y un remedo de chorizo que más bien sabía a hueva de pescado triste). Me enojé, hice pataleta y me quedé con hambre ¿De qué sirve que tanto mexicano emigre para estos rumbos? ¿Dónde quedó esa primera generación de señoras que cruzaron la frontera con todo y cazuelas? ¿Por qué nadie ha llamado a las autoridades correspondientes? ¿A quién quieren engañar con estos falsos chilaquiles?

Mi marido, en un intento por consolarme, me explicó que eso siempre pasa, que así es como se enriquecen las culturas, que los platillos se adaptan a la materia prima disponible. Yo me limité a mentarle la madre por haberme llevado ahí. Ni estamos tan lejos de México, ni se requiere tanta ciencia para unos chilaquiles. Además ahí se anuncian con bombo y platillo como el lugar más mexicano. No es como si hubiera ido a buscar tacos auténticos a Taco Bell. No. Fui al súper mexicano por unos humildes chilaquiles en un ataque de nostalgia gastronómica y terminé herida ¿cómo hace esta gente para dormir por las noches? ¿Cómo es que nadie los ha acusado de atentar contra un patrimonio cultural? ¿Serán de los que lloran cuando escuchan la de México lindo y querido? Quién sabe. Yo sí lloré. Lloré por todos los mexicanos del mundo que están lejos de su país. Lloré por el pozole, por las tortas, por el mole, por los tamales. Acá nada es color rosa mexicano.

He aquí el mural apócrifo. Desde aquí no se le ve lo fosforescente al moño.

Nuevos rumbos

Desde el sillón gris, a través de la ventana, puedo ver una maceta colgando. Flores rosas que compré hace poco en una tienda departamental. Luego el respaldo negro de la silla baratísima que encontramos en una tienda de segunda.

Veo también al gato que duerme en forma de rosca. Agotado por el intento fallido de su baño mensual. A pesar de seguir todos los consejos recabados (agua tibia, masajes, voz baja) el animalillo apenas tocó el agua comenzó a maullar y moverse cual anaconda. Pelos mojados, agua jabonosa por todo el piso, arañazos furtivos. Duerme agotado, entonces.

Los vecinos de la casa justo frente a la mía se han ido. Lo sé porque dejé de escuchar su tos por la tarde, aquella que acompañaba sus cigarros y que interrumpía mi lectura. Los mueblecitos de su terraza se han ido también. Una maceta seca, dos sillas, una mesita. A veces un niño gordo salía por esa puerta con un perro atado a una correa retráctil. Ahí, sentado, dejaba al perro merodear un rato, después desaparecían. Jamás supe si era hijo de aquellos fumadores o si ellos estaban casados. A veces me inventaba que los dos eran hijos de la mujer más gorda que aparecía con menor frecuencia. Luego sospechaba que ella era en realidad la esposa del hombre que más fumaba y que pasaba tanto tiempo fumando en la terraza. Casi el mismo tiempo que yo.

El árbol frente a la casa cubre la luz del sol la mayor parte del día. Es por eso que la casa se pone un poco fría a veces y yo aprovecho para encender el calentador. Al gato le gusta correr desde la puerta para tomar impulso y trepar rápidamente a ese árbol. Apenas llega a la mitad, víctima del corte semanal de uñas bajo el que vive. Una ardilla pasea en ese árbol. Es café con la cola despeinada. Solía venir a mi terraza a comer semillas que yo ponía primorosamente cada mañana. Eso era antes del gato. Sería una crueldad mantener esa rutina: el gato tendría miles de presas fáciles de atrapar. Antes usaba una correa para sacarlo a pasear. El pobre gato daba pasitos por seis metros. Trotaba y perseguía mariposas. Luego corría y por poco se estrangulaba. Rompió la correa y decidí sacarlo así, desnudo, salvaje. Como un gato normal.

Mis nuevos rumbos son muy silenciosos, a excepción de los vecinos de arriba que se empeñan en mover cosas todo el día, lavar ropa a horas indecentes y hablar a gritos por la ventana. Sospecho que en ese apartamento viven más de seis personas. O un elefante. O un circo de pequeños ponys inquietos.

Maletas viejas

Nunca se está lo suficientemente preparado para una mudanza. Da igual si se trata sólo de un cambio de oficina, o de una casa o de un cajón incluso. Es en el momento del cambio de un lugar a otro en el que uno se da cuenta de esa capacidad innata de acumular basura. Basura cuyo futuro recae en nuestras manos: se va o se queda.

En menos de un año fui víctima de cuatro penosas mudanzas. Primero por culpa de la repentina renuncia a mi trabajo. Hube pues de limpiar todos los cajones del escritorio y mudar cosas personales y ajenas a diferentes rumbos. Encontré diplomas con nombres mal escritos que había ocultado de pura vergüenza, documentos anacrónicos sin dueño, sobrecitos de esplenda alimentando a una pequeña colonia de pelusas. Duré casi una semana en aquella tarea. Moviendo, removiendo. Meditando el destino oportuno de los múltiples accesorios que guardaba. Al final decidí abandonar a su suerte a una caja de clips y unos plumones que jamás usé.

La segunda mudanza fue aún más penosa. Tuve la ocurrencia de casarme y por lo tanto de mudarme del techo donde acumulé chácharas varias por más de quince años. La nueva casa se encontraba apenas a unos kilómetros del hogar paterno, así que no sentí la urgencia de llevar todo conmigo. Además de que mi nueva habitación debía contener tanto mis cosas como las de mi marido. Abandoné libros, ropa, recuerditos, pósters y peluches. Aquel manatí gigante que viajó embalado desde Veracruz tuvo que quedarse en mi antigua habitación.

Estoy segura de que hasta aquí el lector no ha encontrado nada penoso en el asunto. Pues se equivoca. Apenas a tres meses de esta segunda mudanza, tuve que emprender una tercera: mi marido se iba a Estados Unidos y yo con él. Por cuestiones ajenas a nuestros planes, tuve que quedarme dos meses más en México y por lo tanto regresar a la casa paterna. Lo que no pudo regresar conmigo fue la sala nueva que compramos para la casita nupcial, ni el escritorio que mi marido construyó, ni la mesa carísima, ni los cuatro baúles antiguos que compró para usarlos de mesita de noche. Tenía yo en mis manos el futuro de una casa entera, rellena de muebles, trastes, trapos y toallas. Yo, a pesar de estar consciente de lo corta que sería nuestra estancia en ese lugar, me empeñé en decorar de diferente manera cada uno de los tres baños que había en la casa. Plantas, tapetes, jaboneras, esquineras.

Empecé a publicar mis humildes y estorbosas posesiones en diferentes lugares de compra- venta. Me llovieron regateos, trueques, mentadas de madre por no contar con servicio de entrega a domicilio. Malbaraté los trastes, el colchón inmaculado, dejé secar las primorosas plantas que adornaban el diminuto patio. En aquel tiempo, además, trabajaba como asistente en la misma empresa a la que había renunciado y cursaba el último semestre de la maestría. Llamaba frecuentemente a mi marido y le comunicaba con ahínco las mentadas de madre mientras él me contaba, animoso, sobre los muebles y accesorios que había comprado ya para la nueva casa en Estados Unidos. Lloré, odié, empaqueté en cajas todo lo que quedaba y me regresé, vencida y humillada, a mi antigua habitación.

Llegada la fecha final, tuve que empezar a empacar de nuevo. Era mi turno de alcanzar al esposo en el prometido suelo americano. La empresa pagó mis boletos de avión, pero no tuvo la decencia de pagar una mudanza. Me mandaron en un vuelo con escalas, con dos maletas llenas de ropa, un molcajete y unos tapetes mexicanísimos que compré en Tlaquepaque.

Me mudé a Estados Unidos con menos de la mitad de mi ropa, sin mi poster de Daniel Sada, ni mi manatí gigante, ni mis libros. En un segundo viaje, pagado con recursos propios, me traje un puñito de documentos vitales, algunos libros, ropa, una cobija y mi libro de gramática española (me da terror que se me olvide el español por hablar tanto espanglish. Peor aún, el español que se habla en casa es mexicano-nicaragüense).

Tengo planeado un tercer viaje a México. Aún no sé cuáles de mis cosas regresarán conmigo. Sólo sé que aquella idea de traerme una vajilla completa de Tonalá, no es más que una pendejada.

La caracola de vistas del sol

A veces se escucha el mar. No es más que el viento que acaricia un domo y sigue de frente hasta estrellarse en mi ventana. Como cuando rompe una ola, llenado de espuma la orilla. Grillos, un avión, otro. El cielo oscuro y las estrellas quietas. Se agitan las luces de la ciudad: amarillas, verdes, blancas. La casa sueña. Los perros, Bruno y Concha, se estiran y dedican un ladrido/bostezo al primer repartidor del día. Un pequeño golpe y ya: el mundo despierta. La primera plana. Dos motos, tres.  Cartas, revistas, periódicos, la mañana.

El pueblo cercano despierta. Las campanadas del templo atraviesan sin prisa. Buenos días Paloma Blanca, hoy te vengo a saludar. Al reloj le quedan cuarenta minutos. Oportunidad irrepetible para cobijarse una vez más. Entonces el ruido también despierta. Pisadas, bostezos felinos, cuerpos peludos que aterrizan ágilmente en la barriga. Ya nadie duerme. El sol se cuela por el tragaluz, por la ventana, por los ojos. Sueños incompletos, vejigas llenas, animales hambrientos. La regadera y el calentador solar (amante o enemigo). Los perros inquietos golpetean la puerta. Ruido, ruido. La tele encendida a lo lejos. Vestirse al ritmo de los autos que pasan, apenas un murmullo. En la casa vecina los zapateos arrecian: niños monstruosos suben y bajan escaleras.

Puertas que abren y cierran. Patas, colas, bigotes, lenguas. Ocho en punto. En la casa de enfrente el vecino canturrea. Lava su coche. Momento íntimo de vinculación que se antoja obsceno. Humedad, caricias, espuma. Superficies limpias que besa el sol.

En el 131 reina el silencio. Vecinos ajenos que dan señales de vida esporádicamente. Fiestas con invitados múltiples que estorban. Más adelante el vacío. Luego una barda vieja de piedra. La casa club. Verde y sola. Colonia que se antoja fantasma después de las 8. Postal de familias clase medieras donde ambos padres trabajan. Las muchachas sí. Barren calles, lavan el auto que no usó hoy la patrona. Agua jabonosa que escurre cuesta abajo. Calles de adoquín. Terrenos baldíos que albergan familias disfuncionales de ardillas (me consta: una de las gatas atrapó un par, una madriguera quedó vacía). 

El coto-colonia está compuesto por circuitos. Ninguna calle cruza con ninguna y ningún domicilio está entre alguna calle. Asunto harto complicado para explicar a los repartidores, a los taxistas, al banco, al IFE, a quien pregunta. Curvas, montañas, subidas, declives. La caseta de vigilancia. Don Hermilo, el vigilante (ahora jardinero) que apareció con el coto hace más de 10 años. Tiempos en los que el gobernador sustituto Rivera Aceves paseaba una maraña espantosa que fingía ser un Chow-chow. Luego los policías que cambian cada quincena. Todos con el mismo uniforme. Todos con el mismo e insano hábito de llamar a todas horas por celular. Después vienen las curvas. Esquivar ágilmente los camiones de leche que descargan mercancía en el superama. La mítica glorieta, paisaje artístico, fondo preferido para novias y quinceañeras. Incluida yo.

Ya de bajada (rumbo a la civilización) un coto recién aparecido del que surgen carros sin pena ni precaución. Peligros, deforestación. Una zona residencial bellísima cerca del bosque. Aire limpio. Drenajes dudosos. Aljibes y tinacos clandestinos.

Antes las curvas me daban miedo. Algunas personas semi atléticas corren en la inexistente banqueta. O en el acotamiento raído. Desgastado por las corrientes salvajes que trae la lluvia. Perros con correas, ciclistas de pierna gorda, mujeres de trajes ceñidos. Adidas. Nike.  Otras marcas que no conozco. Antes me daba miedo. Frenando, alcanzando apenas treinta kilómetros por hora. Hoy bajo a sesenta. Esquivo taxis, camionetas llenas de jardineros, camionetitas con niños llorones, carros de ejecutivos muy serios. El tope. A veces se me antoja una barda, muro de contención, pausa forzosa a una mañana que lleva prisa.

Otra glorieta. Cuidado si hay festival en la escuela cercana. Mujeres que se empeñan en dejar en la puerta a sus tesoros rubios. Luego abren sus cajuelas, charlan, algunas venden cosas. Uñas brillosas que relumbran. Tope otra vez. Aquí es cuando extraño la camioneta. Mentira que mi auto tiene alma de jeep. Golpe seco. Amortiguadores que lloran. Mensualidades eternas que quedan por pagar. Importante: si para este momento aún no han dado las 8:20 uno puede darse el lujo de desviarse. Poner la direccional derecha para entrar a la plaza. Estacionarse chueco sin culpa ante la mirada morena del respetable señor policía. Un moka si hay sueño. Un té verde si se va en ayuno. Una glorieta más. Luego hacer fila. Larga. Soportar gandallas que aceleran y se incrustan donde les venga en gana. Mujeres, casi todas. Salir de Bugambilias, salir.

Luego no sé. Soy parte de la colonia sólo en horarios contrarios a los de oficina. Ajena, ambigua, desconocida. Casi quince horas de abandono. Mi casa la cuida Marta. De 9 a 1. Barre la cocina y de paso al gato que gusta de maullar hasta sentir las cerdas en su espalda. No sé a quién le ladran  los perros después de que mi padre los alimenta y sale de casa. Mi mamá habita el estudio. Prende la computadora, juega, trabaja. No sé si alguien la llama. Desconozco el horario de trabajo del único vecino que saludo por la mañana. Estoy segura de que nadie me extraña.

Regresar a casa. El cuello cansado, los correos contestados, cuatro tazas de café. Volvemos a casa. Conductores que bostezan sin mirar a quienes piden raite. De vez en cuando me detengo. Ya casi no. El honorable presidente de los colonos perdió un juicio que dio derecho a otro hombre de adueñarse del único espacio adecuado para detenerse. Casi siempre me encontraba a un vecino de mi edad pidiendo raite. Fuimos juntos a la secundaria. Me contaba sobre el divorcio de sus padres, sobre su tatuaje, sobre su novia. Ahora ya no sé nada.

Subir. Pasas el DIF.  Subir. Curvas. En la última, antes de llegar a la narco plaza, vuelta a la derecha. Primera calle mano derecha. Luego izquierda. Izquierda otra vez. Ahí, en la casa blanca. Ahí donde la gente me conoce. Ahí donde un gato me extraña.