Hechizo

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Érase una vez un rey enamorado de una mujer extraordinariamente fea. De cabellos falsos y cirugías varias, atinar a la edad de la reina sobrepasaba los poderes adivinatiorios de los hechiceros reales. La corte murmuraba “embrujo, embrujo” tratando de encontrar explicación alguna al intenso y absurdo amor del rey. Con la piel verdosa y los ojos saltones, la corte especulaba sobre alguna transformación anfibia mal completada, algún beso mal dado, una falla en alguna varita mágica. El rey sonreía y suspiraba “mi reina, mi vida, mi hada” mientras alegres piojos brincoteaban de las trenzas de la reina a la exquisita túnica del hombre enamorado.

“es una bestia” decía el marqués a sus sirvientes
“es una bruja” croaban las ranas del real estanque.

Dormida por años, bajo un malévolo hechizo, la reina había perdido entre sueños su encanto. Primero el cabello dorado, luego la piel tersa, la calidez de los labios. Encerrada en una torre húmeda y fría, pequeños hongos crecieron en la sonrisa azul del príncipe que jamás llegó y que ella siempre soñaba.

A la luz de la luna, la nariz puntiaguda de la reina brillaba primorosamente, sus pómulos se suavizaban y la sonrisa cansada se llenaba de ternura “mi rey, mi vida, mi sol”.

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