Así cantaba Nat King Cole

Sentada en una silla medianamente incómoda miro furiosa un mural que adorna la pared. Un paisaje que se esfuerza mexicano, iglesia al fondo, mariachi cantando. Un charro corteja a una dama mientras otras dos lo observan desde lejos. Miro el mural una segunda vez y la furia aumenta. Es hasta la tercera mirada, ceño fruncido, que doy con el epicentro de mi amargura: el moño no es rosa mexicano. De hecho todo aquello que intenta ser rosa es en realidad fosforescente, chilloso, ofensivo. Color apropiado para una señal de tránsito, un letrero radioactivo, la panza de una araña ponzoñosa.

El moño no es rosa mexicano y con eso todo se convierte en burla. El charro, el mariachi, el restaurante que se anuncia como el más mexicano (de la región gringa donde ahora habito) se erige como amo y señor del mural apócrifo. La irritación visual se convierte en dolor físico justo cuando doy el primer bocado a unos supuestos chilaquiles. Espurios, engañosos, deshonrosos. El súper mexicano, el más mexicano, ofrece totopos resecos bajo un nombre falso. Debí de haberlo sospechado cuando, al pedir el platillo, aquél paisano me negó el pollo “sólo huevo o asada”. Una verdadera decepción amorosa de casi cuarenta dólares. Mientras más comía de aquel remedo de plato, más me ofendía el mural. El charro agringado se burlaba de mí desde las alturas. Clarito lo escuchaba cantar con el mismo tonito de Nat King Cole “aqueios ojios verdies de mirada sereina…” Desengaño, traición ¡Qué alguien haga patria!

Rumiando mi descontento, escuchaba una selección musical digna de cantina de película gringa. Desde aventurera hasta reguetón, pasando por ritmos de banda cuyo interprete me niego a conocer. Entre canción y canción el promocional del restaurante/supermercado “el lugar más amigable, el lugar más mexicano” ofertas de pan, pasteles, bolillos.

Me ganó el desencanto y me rehusé a seguir comiendo aquel menjurje (que además resultó ser un platillo especial con huevo, asada y un remedo de chorizo que más bien sabía a hueva de pescado triste). Me enojé, hice pataleta y me quedé con hambre ¿De qué sirve que tanto mexicano emigre para estos rumbos? ¿Dónde quedó esa primera generación de señoras que cruzaron la frontera con todo y cazuelas? ¿Por qué nadie ha llamado a las autoridades correspondientes? ¿A quién quieren engañar con estos falsos chilaquiles?

Mi marido, en un intento por consolarme, me explicó que eso siempre pasa, que así es como se enriquecen las culturas, que los platillos se adaptan a la materia prima disponible. Yo me limité a mentarle la madre por haberme llevado ahí. Ni estamos tan lejos de México, ni se requiere tanta ciencia para unos chilaquiles. Además ahí se anuncian con bombo y platillo como el lugar más mexicano. No es como si hubiera ido a buscar tacos auténticos a Taco Bell. No. Fui al súper mexicano por unos humildes chilaquiles en un ataque de nostalgia gastronómica y terminé herida ¿cómo hace esta gente para dormir por las noches? ¿Cómo es que nadie los ha acusado de atentar contra un patrimonio cultural? ¿Serán de los que lloran cuando escuchan la de México lindo y querido? Quién sabe. Yo sí lloré. Lloré por todos los mexicanos del mundo que están lejos de su país. Lloré por el pozole, por las tortas, por el mole, por los tamales. Acá nada es color rosa mexicano.

He aquí el mural apócrifo. Desde aquí no se le ve lo fosforescente al moño.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s