Nuevos rumbos

Desde el sillón gris, a través de la ventana, puedo ver una maceta colgando. Flores rosas que compré hace poco en una tienda departamental. Luego el respaldo negro de la silla baratísima que encontramos en una tienda de segunda.

Veo también al gato que duerme en forma de rosca. Agotado por el intento fallido de su baño mensual. A pesar de seguir todos los consejos recabados (agua tibia, masajes, voz baja) el animalillo apenas tocó el agua comenzó a maullar y moverse cual anaconda. Pelos mojados, agua jabonosa por todo el piso, arañazos furtivos. Duerme agotado, entonces.

Los vecinos de la casa justo frente a la mía se han ido. Lo sé porque dejé de escuchar su tos por la tarde, aquella que acompañaba sus cigarros y que interrumpía mi lectura. Los mueblecitos de su terraza se han ido también. Una maceta seca, dos sillas, una mesita. A veces un niño gordo salía por esa puerta con un perro atado a una correa retráctil. Ahí, sentado, dejaba al perro merodear un rato, después desaparecían. Jamás supe si era hijo de aquellos fumadores o si ellos estaban casados. A veces me inventaba que los dos eran hijos de la mujer más gorda que aparecía con menor frecuencia. Luego sospechaba que ella era en realidad la esposa del hombre que más fumaba y que pasaba tanto tiempo fumando en la terraza. Casi el mismo tiempo que yo.

El árbol frente a la casa cubre la luz del sol la mayor parte del día. Es por eso que la casa se pone un poco fría a veces y yo aprovecho para encender el calentador. Al gato le gusta correr desde la puerta para tomar impulso y trepar rápidamente a ese árbol. Apenas llega a la mitad, víctima del corte semanal de uñas bajo el que vive. Una ardilla pasea en ese árbol. Es café con la cola despeinada. Solía venir a mi terraza a comer semillas que yo ponía primorosamente cada mañana. Eso era antes del gato. Sería una crueldad mantener esa rutina: el gato tendría miles de presas fáciles de atrapar. Antes usaba una correa para sacarlo a pasear. El pobre gato daba pasitos por seis metros. Trotaba y perseguía mariposas. Luego corría y por poco se estrangulaba. Rompió la correa y decidí sacarlo así, desnudo, salvaje. Como un gato normal.

Mis nuevos rumbos son muy silenciosos, a excepción de los vecinos de arriba que se empeñan en mover cosas todo el día, lavar ropa a horas indecentes y hablar a gritos por la ventana. Sospecho que en ese apartamento viven más de seis personas. O un elefante. O un circo de pequeños ponys inquietos.

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