Maletas viejas

Nunca se está lo suficientemente preparado para una mudanza. Da igual si se trata sólo de un cambio de oficina, o de una casa o de un cajón incluso. Es en el momento del cambio de un lugar a otro en el que uno se da cuenta de esa capacidad innata de acumular basura. Basura cuyo futuro recae en nuestras manos: se va o se queda.

En menos de un año fui víctima de cuatro penosas mudanzas. Primero por culpa de la repentina renuncia a mi trabajo. Hube pues de limpiar todos los cajones del escritorio y mudar cosas personales y ajenas a diferentes rumbos. Encontré diplomas con nombres mal escritos que había ocultado de pura vergüenza, documentos anacrónicos sin dueño, sobrecitos de esplenda alimentando a una pequeña colonia de pelusas. Duré casi una semana en aquella tarea. Moviendo, removiendo. Meditando el destino oportuno de los múltiples accesorios que guardaba. Al final decidí abandonar a su suerte a una caja de clips y unos plumones que jamás usé.

La segunda mudanza fue aún más penosa. Tuve la ocurrencia de casarme y por lo tanto de mudarme del techo donde acumulé chácharas varias por más de quince años. La nueva casa se encontraba apenas a unos kilómetros del hogar paterno, así que no sentí la urgencia de llevar todo conmigo. Además de que mi nueva habitación debía contener tanto mis cosas como las de mi marido. Abandoné libros, ropa, recuerditos, pósters y peluches. Aquel manatí gigante que viajó embalado desde Veracruz tuvo que quedarse en mi antigua habitación.

Estoy segura de que hasta aquí el lector no ha encontrado nada penoso en el asunto. Pues se equivoca. Apenas a tres meses de esta segunda mudanza, tuve que emprender una tercera: mi marido se iba a Estados Unidos y yo con él. Por cuestiones ajenas a nuestros planes, tuve que quedarme dos meses más en México y por lo tanto regresar a la casa paterna. Lo que no pudo regresar conmigo fue la sala nueva que compramos para la casita nupcial, ni el escritorio que mi marido construyó, ni la mesa carísima, ni los cuatro baúles antiguos que compró para usarlos de mesita de noche. Tenía yo en mis manos el futuro de una casa entera, rellena de muebles, trastes, trapos y toallas. Yo, a pesar de estar consciente de lo corta que sería nuestra estancia en ese lugar, me empeñé en decorar de diferente manera cada uno de los tres baños que había en la casa. Plantas, tapetes, jaboneras, esquineras.

Empecé a publicar mis humildes y estorbosas posesiones en diferentes lugares de compra- venta. Me llovieron regateos, trueques, mentadas de madre por no contar con servicio de entrega a domicilio. Malbaraté los trastes, el colchón inmaculado, dejé secar las primorosas plantas que adornaban el diminuto patio. En aquel tiempo, además, trabajaba como asistente en la misma empresa a la que había renunciado y cursaba el último semestre de la maestría. Llamaba frecuentemente a mi marido y le comunicaba con ahínco las mentadas de madre mientras él me contaba, animoso, sobre los muebles y accesorios que había comprado ya para la nueva casa en Estados Unidos. Lloré, odié, empaqueté en cajas todo lo que quedaba y me regresé, vencida y humillada, a mi antigua habitación.

Llegada la fecha final, tuve que empezar a empacar de nuevo. Era mi turno de alcanzar al esposo en el prometido suelo americano. La empresa pagó mis boletos de avión, pero no tuvo la decencia de pagar una mudanza. Me mandaron en un vuelo con escalas, con dos maletas llenas de ropa, un molcajete y unos tapetes mexicanísimos que compré en Tlaquepaque.

Me mudé a Estados Unidos con menos de la mitad de mi ropa, sin mi poster de Daniel Sada, ni mi manatí gigante, ni mis libros. En un segundo viaje, pagado con recursos propios, me traje un puñito de documentos vitales, algunos libros, ropa, una cobija y mi libro de gramática española (me da terror que se me olvide el español por hablar tanto espanglish. Peor aún, el español que se habla en casa es mexicano-nicaragüense).

Tengo planeado un tercer viaje a México. Aún no sé cuáles de mis cosas regresarán conmigo. Sólo sé que aquella idea de traerme una vajilla completa de Tonalá, no es más que una pendejada.

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