Sobre el sudor

Blue water splashing on a backdrop.

Me atrevo a afirmar que el cuerpo de uno nunca suda, entero, al mismo tiempo. Dependiendo de la situación la zona de sudado variará. Hay personas, por ejemplo, que sufren de manos sudorosas en situaciones comprometedoras; a otras las axilas los traicionan.
Tampoco se puede afirmar que existe una manera única de sudar: se suda a chorros, se perla la frente de sudor, se humedecen los cuerpos, se empapa la camisa, se suda a gota gorda. Lo cierto es que el sudor es incómodo, una reacción primaria del cuerpo frente al descontento.

Sudamos cuando estamos nerviosos, estresados. Sudamos cuando el calor es insoportable. Nos envolvemos en trapos místicos para sudar la enfermedad. Se suda cuando se hace ejercicio (¡Qué espanto!) cuando se come un pozole sustancioso, o un menudo, o una taza llena de café.

Existen también los sudores eróticos, sudores mecánicos que bien delatan las ganas o que señalan que no se puede más. Sudores que convierten al cuerpo deseado en una masa de pronto escurridiza o pegajosa, difícil de maniobrar. Delata también el sudor la falta de higiene, revela los olores vergonzosamente propios en los que invertimos tantas cremas y perfumes.

Supuestamente también sirve de excipiente para las sustancias del amor conocidas como feromonas.  A través del sudor se llega al otro para convencerlo de que no se es del todo desagradable. Por desgracia, existen personas sin pudor alguno para sudar. Personas que, al primer esfuerzo y víctimas de su propio cuerpo, quedarán empapadas. Peor aún: hay victimarios que a la primera gota de sudor llenarán la habitación de su olor.

Debido a la complejidad en los asuntos sudorosos, el mercado está lleno de productos dirigidos a esto. Productos para silenciar el sudor, para disminuirlo, para vestirlo de aromas sintéticos mientras se blanquea a una sensible axila (nota: habrá que buscar la relación entre el sudor y el color de la zona que lo expele). Productos naturistas a base de clorofila, bebidas para mejorar el olor y consistencia del sudor.

Se dice que el sudor también difiere entre razas, aunque pareciera ser que está directamente relacionado con la comida y las especias. Se dice, por ejemplo, que el sudor del hindú difiere del sudor del mexicano, aunque se empareja cuando se come barbacoa o menudo. Se dice también que en la raza negra el sudor recrudece su olor y potencia. Habría que investigar qué pasa entonces con el sudor de los mulatos, de los cambujos, de los castizos y moriscos.

Sudar, generalmente, es vergonzoso. Extender una mano sudada a manera de saludo con la debida advertencia “perdón, estoy todo sudado”. Vulnerables ante los ojos ajenos que escrudiñan el cuerpo en busca de alguna mancha que delate o demuestre algo. Dejar la silla sudada después de una soporífera conferencia, sudar los calcetines prestados, sudarle encima al otro.

Hay, por otro lado, lugares adecuados para sudar. Además de los saunas y baños de vapor donde el sudor se mezcla con el ambiente, sudar en un gimnasio es totalmente aceptable, es más, se exige.  Se juzga al cuerpo reseco pues la ausencia de sudor demuestra una falta de esfuerzo. Se aplaude a aquel que se desbarata en pujidos y sudor. Lo mismo para el trabajo físico: si se construye una barda se espera sudor, si se planta un árbol, si se limpia una casa. Sudar hasta que duela, sudarlo todo, dejar la vida empapada.

Personalmente padezco de sudores en manos y pies. Apenas unas cuantas gotas en las axilas. Las extremidades sudadas, además de incómodas, son peligrosas. Uno vive con el temor de resbalarse de la propia chancla, deslizarse del zapato o que se le escape un objeto sudorosamente lubricado. Vivo entonces de talcos que no hacen más que convertir mi padecimiento en engrudo. Me mantengo informada de los avances médicos para remediarlo. Inyecciones de botox en las palmas, extracción de las glándulas sudoríparas, untamientos de cristales orgánicos en todo el cuerpo. Ninguno me convence.

De una u otra forma he aceptado mi condición humana de poros sudorosos. Es por eso que también decidí no tener hijos, no vaya ser que se me resbalen de las manos húmedas o peor aún, que les herede esta condición tan trágica.

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