Abrazo

pulpo

Con épica pereza el pulpo retoza en el fondo de una pecera. Bosteza: burbujas varias agitan el agua quieta del estanque azul. De vez en cuando el pulpo suspira: anhela un abrazo completo de ocho brazos y piel viscosa. De pronto aventura un tentáculo fuera de su vasija. El aire caliente del acuario desértico quema sus delicadas ventosas. A pesar del escozor, el pulpo sonríe aliviado: afuera el frío del agua no es más que un recuerdo. Otro tentáculo, otro. Dolor caliente que reconforta. 

A lo lejos, en la misma habitación, un pez de apariencia incierta mira con sincera envida la momentánea felicidad del pulpo. Se acerca, temeroso, a la superficie: el agua es más clara si uno se aleja lo suficiente de las piedras mohosas del fondo. Igual siente el calor. Suspira y ensaya un salto liberador que lo seca por un momento: cálido, ajeno, feliz. El pulpo lo observa y sonríe. Diminutas esferas rellenas de aire bailotean en el pequeño espacio que lo contiene. Las plantas artificiales de la habitación del pez amorfo copian el ritmo. Atención: se avecina un instante irrepetible de belleza insuperable. El pulpo arroja su cuerpo fuera del agua, tose. El pez salta fuera de su pecera. Boquea. Tentáculos ansiosos recorren distancias largas para alcanzar un cuerpo imperfecto.
 
El pez boquea, boquea, boquea.
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