Pan de vida

adivinadora

María la adivinadora recibe a la misma hora- justo antes de que el panadero termine de amasar el bolillo- la visita del joven de sus sueños en su místico localito “Luna Parda”.

María peina cuarenta y seis veces la peluca rubia- en la que cultiva piojos metafísicos, expertos en los amarres de amor, y pasa otras cuarenta y seis veces sobre sus pestañas el rímel de pezuña de camello para resaltar su tercer ojo vidente.

El joven sufre calores nocturnos y espasmos matutinos sin razón aparente;se levanta cansado, con mirada púrpura y considerablemente deshidratado.

Con las manos secas acude a María la adivinadora, esperando encontrarle remedio cristiano a su terrible situación. El joven no sabe que María sabe, que la humedad de los temblores del joven son ocasionados por el tufito dulce que emana la blanquísima entrepierna de la menor de las hijas del panadero.

Él permanece inmóvil-rezando seis padres nuestros y diez aves marías- mientras la adivinadora frota con furia y manzanilla la dureza del mal de amores y ahuyenta- en el nombre de San Juan Virgen Redentor- al pecado crónico contenido en aquél pantalón.

Ella grita, el joven convulsiona, el incienso se apaga y el pecado sale.

Cada martes- mientras el panadero acomoda su canasta- María la adivinadora arrulla en brazos al joven de sus sueños.

Él dormita y suspira: en sueños, una nube blanca lo exprime una y otra vez.

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