Dímelo al oído

virusHace ya tiempo – cuando las nalgas ajenas aún quedaban por arriba de mi cabeza- derramé frutsi en el asiento trasero del carro cuasi nuevo de un tío: aquél elixir de artificio fue absorbido ágilmente por mi sudadera infantil. Nadie lo supo, jamás.

Me encantaría decir que al igual que eso nadie se enteró de que yo amaba a un tipo severamente afectado por el acné, o que la vecina sí fue novia del granoso en cuestión, o que suelo besar a cierto tipo cuando los planetas y el alcohol se alinean; pero sucede que en ocasiones –no siempre-sufro de verborrea y mi pecho se convierte en la bodega más porosa del mundo. En mi defensa puedo decir que no soy ni la primera, ni la única. De hecho, según estudios muy serios, lo primero que uno hace con los secretos -propios o ajenos- es elegir compañero(s) de carga.

El problema reside en que nuestro cómplice sufrirá de la misma necesidad culposa en algún momento y edificará dos o tres bodegas más, que a su vez tendrán esa misma necesidad y elegirán a otro acompañante y a otro y a otro y otro. Al final ni los poseedores del secreto se conservan anónimos y uno termina por saber exactamente a quién preguntarle qué de aquello que se contó en voz bajita, detrás de la puerta escondida del baño más lejano, del edificio al que casi nadie va.

El modus operandi de un secreto bien podría compararse con el de un virus: se propaga, contagia, muta, desaparece y cuando uno se cree inmune a él, vuelve. Además, al igual que los virus, la vacuna contra un secreto es soltar aquello en pequeñas dosis para crear anticuerpos (en estos casos uno corre el peligro de que entre cada dosis el bodego se entretenga en inventar un jugoso chisme).

El secreto y la culpa van de la mano (¿entusiasmados?): si uno hace algo que deje un tufito culposo, irremediablemente se convertirá en secreto. La suciedad de aquel acto (léase romper la dieta, paternidad equívoca, fallo anticonceptivo, etc.) terminará por convertirnos en monstruos quejumbrosos y sombríos que vagan de rincón en rincón, hasta el día que encontremos a un pobre imbécil para compartir la mugre. Como dice aquél dicho- que a fin de cuentas sí está bien dicho- mal de muchos consuelo de pendejos.

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