La caracola de vistas del sol

A veces se escucha el mar. No es más que el viento que acaricia un domo y sigue de frente hasta estrellarse en mi ventana. Como cuando rompe una ola, llenado de espuma la orilla. Grillos, un avión, otro. El cielo oscuro y las estrellas quietas. Se agitan las luces de la ciudad: amarillas, verdes, blancas. La casa sueña. Los perros, Bruno y Concha, se estiran y dedican un ladrido/bostezo al primer repartidor del día. Un pequeño golpe y ya: el mundo despierta. La primera plana. Dos motos, tres.  Cartas, revistas, periódicos, la mañana.

El pueblo cercano despierta. Las campanadas del templo atraviesan sin prisa. Buenos días Paloma Blanca, hoy te vengo a saludar. Al reloj le quedan cuarenta minutos. Oportunidad irrepetible para cobijarse una vez más. Entonces el ruido también despierta. Pisadas, bostezos felinos, cuerpos peludos que aterrizan ágilmente en la barriga. Ya nadie duerme. El sol se cuela por el tragaluz, por la ventana, por los ojos. Sueños incompletos, vejigas llenas, animales hambrientos. La regadera y el calentador solar (amante o enemigo). Los perros inquietos golpetean la puerta. Ruido, ruido. La tele encendida a lo lejos. Vestirse al ritmo de los autos que pasan, apenas un murmullo. En la casa vecina los zapateos arrecian: niños monstruosos suben y bajan escaleras.

Puertas que abren y cierran. Patas, colas, bigotes, lenguas. Ocho en punto. En la casa de enfrente el vecino canturrea. Lava su coche. Momento íntimo de vinculación que se antoja obsceno. Humedad, caricias, espuma. Superficies limpias que besa el sol.

En el 131 reina el silencio. Vecinos ajenos que dan señales de vida esporádicamente. Fiestas con invitados múltiples que estorban. Más adelante el vacío. Luego una barda vieja de piedra. La casa club. Verde y sola. Colonia que se antoja fantasma después de las 8. Postal de familias clase medieras donde ambos padres trabajan. Las muchachas sí. Barren calles, lavan el auto que no usó hoy la patrona. Agua jabonosa que escurre cuesta abajo. Calles de adoquín. Terrenos baldíos que albergan familias disfuncionales de ardillas (me consta: una de las gatas atrapó un par, una madriguera quedó vacía). 

El coto-colonia está compuesto por circuitos. Ninguna calle cruza con ninguna y ningún domicilio está entre alguna calle. Asunto harto complicado para explicar a los repartidores, a los taxistas, al banco, al IFE, a quien pregunta. Curvas, montañas, subidas, declives. La caseta de vigilancia. Don Hermilo, el vigilante (ahora jardinero) que apareció con el coto hace más de 10 años. Tiempos en los que el gobernador sustituto Rivera Aceves paseaba una maraña espantosa que fingía ser un Chow-chow. Luego los policías que cambian cada quincena. Todos con el mismo uniforme. Todos con el mismo e insano hábito de llamar a todas horas por celular. Después vienen las curvas. Esquivar ágilmente los camiones de leche que descargan mercancía en el superama. La mítica glorieta, paisaje artístico, fondo preferido para novias y quinceañeras. Incluida yo.

Ya de bajada (rumbo a la civilización) un coto recién aparecido del que surgen carros sin pena ni precaución. Peligros, deforestación. Una zona residencial bellísima cerca del bosque. Aire limpio. Drenajes dudosos. Aljibes y tinacos clandestinos.

Antes las curvas me daban miedo. Algunas personas semi atléticas corren en la inexistente banqueta. O en el acotamiento raído. Desgastado por las corrientes salvajes que trae la lluvia. Perros con correas, ciclistas de pierna gorda, mujeres de trajes ceñidos. Adidas. Nike.  Otras marcas que no conozco. Antes me daba miedo. Frenando, alcanzando apenas treinta kilómetros por hora. Hoy bajo a sesenta. Esquivo taxis, camionetas llenas de jardineros, camionetitas con niños llorones, carros de ejecutivos muy serios. El tope. A veces se me antoja una barda, muro de contención, pausa forzosa a una mañana que lleva prisa.

Otra glorieta. Cuidado si hay festival en la escuela cercana. Mujeres que se empeñan en dejar en la puerta a sus tesoros rubios. Luego abren sus cajuelas, charlan, algunas venden cosas. Uñas brillosas que relumbran. Tope otra vez. Aquí es cuando extraño la camioneta. Mentira que mi auto tiene alma de jeep. Golpe seco. Amortiguadores que lloran. Mensualidades eternas que quedan por pagar. Importante: si para este momento aún no han dado las 8:20 uno puede darse el lujo de desviarse. Poner la direccional derecha para entrar a la plaza. Estacionarse chueco sin culpa ante la mirada morena del respetable señor policía. Un moka si hay sueño. Un té verde si se va en ayuno. Una glorieta más. Luego hacer fila. Larga. Soportar gandallas que aceleran y se incrustan donde les venga en gana. Mujeres, casi todas. Salir de Bugambilias, salir.

Luego no sé. Soy parte de la colonia sólo en horarios contrarios a los de oficina. Ajena, ambigua, desconocida. Casi quince horas de abandono. Mi casa la cuida Marta. De 9 a 1. Barre la cocina y de paso al gato que gusta de maullar hasta sentir las cerdas en su espalda. No sé a quién le ladran  los perros después de que mi padre los alimenta y sale de casa. Mi mamá habita el estudio. Prende la computadora, juega, trabaja. No sé si alguien la llama. Desconozco el horario de trabajo del único vecino que saludo por la mañana. Estoy segura de que nadie me extraña.

Regresar a casa. El cuello cansado, los correos contestados, cuatro tazas de café. Volvemos a casa. Conductores que bostezan sin mirar a quienes piden raite. De vez en cuando me detengo. Ya casi no. El honorable presidente de los colonos perdió un juicio que dio derecho a otro hombre de adueñarse del único espacio adecuado para detenerse. Casi siempre me encontraba a un vecino de mi edad pidiendo raite. Fuimos juntos a la secundaria. Me contaba sobre el divorcio de sus padres, sobre su tatuaje, sobre su novia. Ahora ya no sé nada.

Subir. Pasas el DIF.  Subir. Curvas. En la última, antes de llegar a la narco plaza, vuelta a la derecha. Primera calle mano derecha. Luego izquierda. Izquierda otra vez. Ahí, en la casa blanca. Ahí donde la gente me conoce. Ahí donde un gato me extraña.

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