Será diferente

Qué espantoso es el verbo enamorar. Qué terrible cuando se es o se está con él. Cuan imbécil llega a ser uno en el momento en el que sirve de sujeto a alguna oración que lo lleva como verbo, peor aún cuando viene en sustantivo.

Enamorarse significa volverse torpe y sonreír como imbécil ante la menor provocación. Por ejemplo el peinado de un desconocido que se asemeja –en un cinco por ciento y nada más en las puntitas- al del ser amado. O escuchar una canción que dice su nombre, o un carro con placas del mismo estado en el que él o ella nació. La torpeza viene, según estudios muy serios, como síntoma del peligroso cambio de oxigenación en el cerebro: demasiados suspiros, faltas de aire, exceso de titubeos. Catástrofe.

Algunos no se conforman con actuar como tontos y se empeñan en gritarle al mundo lo felices que están; los miles de corazones que ven dibujados en las nubes, en la hierba, en la caca fresca del perro matutino que pasea por ahí  todos los días. Los peores escriben poemas. Versos, que no sirven más que para ensalzar y  engrandecer acontecimientos,  cuya supuesta complicación termina revelando su simpleza (oh cariño, tú y tu paleta, el mundo gira cuando la lames).

Algunas mujeres- las más nefastas- se entregan con ahínco a la cocina, convencidas de que un panzón hambriento ama menos que uno bien alimentado. Otras se vuelven tontas y terminan escribiendo cartas pubescentes y se dan permiso- sí señor, se lo dan- de escribir estrofas completas de Arjona, Iglesias (padre e hijo funcionan igual) y Camila. Las que están edad de ser ridículas –si es que existe tal cosa- desdeñan la decencia y terminan publicando en sus faces y metros “¿ No Te canzaZ dE Dar VuelTaZ eN Mi CabeZa?”.

Yo me enamoro, tú te enamoras, ella se enamora. Ingenuos, incautos, inexpertos. Con suerte – o  para desgracia del mundo – sucede que dos personas se miran de frente y se enamoran perdidamente uno del otro. Entonces comparten la ridiculez, la torpeza, las mariposas, el sudor en las manos y todos esos lugares comunes del amor. Luego una relación o “algo así como una relación”.

Albricias, albricias: el mundo se vuelve pequeño para ellos dos. Se vuelven uno, se mandan mensajes, se procuran y se aman. Sucede también que con frecuencia los sentimientos brillosos y rosas se opacan de apoco por el smog de lo cotidiano. Luego la costumbre, la rutina, el hastío.

Mariposas muertas fermentándose en el intestino grueso. Separación, reparto de bienes, de culpas, de reclamos y de ausencias.

Lo terrible del ser humano es que a cada caída- y después del duelo correspondiente- uno termina por re inventarse: refresca apodos, renueva caricias. Escavar en uno mismo para encontrar sentimientos nuevos. Convencidos-triste es- de que esta vez  sí será diferente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s