Para decir

para_decir                   Sonido (Del lat. sonĭtus, por analogía prosódica con ruido, chirrido, rugido, etc.). 1. m. Sensación producida en el órgano del oído por el movimiento vibratorio de los cuerpos, transmitido por un medio elástico, como el aire. 2. m. Significación y valor literal que tienen en sí las palabras. Estar al sonido de las palabras.

Usualmente la boca es epicentro de placer. Besar, beber, fumar. Articular un sonido. Luego otro y luego otro: formar una palabra. Paladearla, guardarla en la boca y finalmente pronunciarla. Golpe de aire que se antoja único e irrepetible.

Me gustan las palabras. Las imagino saliendo de mi boca como burbujas, como volutas de humo, perlitas de saliva destinadas a posarse en alguna mejilla desprevenida. Con las palabras el sonido lo es todo. De nada sirve el significado cuando la fonética es impertinente. Preciosa es una palabra horrible: El primer golpe, el siseo, la sequedad de la pronunciación. En cambio, grotesco bien podría llenar una habitación con sus tres sílabas. Grotesco. Algo de garganta, mucha lengua, diente, labio. Perfección.

A excepción de preciosa, encuentro en las palabras con p el palpitante placer de un primer beso. Probar, pretender, periplo, pulso, plegable, pretexto, pulposo, pliegue, pomelo, plácido.  También las palabras con C como cocorita, cocuyo, carcome, crocante, cóncava, convexa. 

Estupendo se me antoja un hechizo, como si al mirar fijamente algo y gritar ¡estupendo! ese algo se convirtiera en algo prodigioso. Gato estupendo, guisado estupendo, estupendo patán.

Mantecado, jacaranda, pichón, cabrón, posesión, populista,  perplejo, pulpo. Cuando las palabras han de formar una frase, viene la importancia del silencio. Del espacio entre ellas para que el propio eco de sus sílabas exista. La acústica contenida en una hoja tamaño carta de papel bond supera, por mucho, la de una cartulina fosforescente. Nada más rico que la porosidad de una palabra escrita en una servilleta (mejor aún si la servilleta lleva labial de alguna mujer bonita. Rojo.)

Algunas voces no son apropiadas para ciertas palabras. Y no, no es asunto de tartamudeo o frenillo. Simplemente hay gargantas (y algo llamado caja de resonancia) que asesinan el encanto propio de estas. Asunto del aliento, tal vez. O a mayor número de dientes mayor rebote y entonces la palabra pierde fuerza. Explico (especulo en realidad): aquellas personas que carecen de muelas del juicio jamás pronunciarán dolor con la misma intensidad que las que sí las tienen.  O algo así.  

Cuando se repite constantemente una palabra se vuelve absurda. El sonido inverosímil. El significado cualquier cosa. Cuchara. Cuchara. Pasa de ser un utensilio a un eco cualquiera. Cuchara. A estas alturas resulta pertinente  escribir que me importa poco  el significado de las palabras, siempre y cuando suenen bien (como aquella tira de Mafalda donde le grita “astuta” a su madre con intenciones más bien ofensivas). Afortunadamente, existen palabras que suenan exactamente a lo que deben significar. Monstruoso. Mermelada. Molusco.

Existen también los casos de personas que por asuntos ajenos a su entendimiento, asesinan la cadencia propia de las palabras. Mi maestra de sexto, por ejemplo, gritaba durante las lecciones cumbre del curso “ya están en sesto año, muchachos, ya tienen que saber esto”. También amenazaba con tirar los trabajos más desastrosos al cesto. Además del sonido, mi gusto morboso por las palabras incluye la vista: las disfruto más cuando están escritas a máquina. Redondas. Detesto las itálicas.  Una palabra escrita a mano da la impresión de que sonará diferente. Luego está el asunto de que  a veces el pulso es horrible y que la mano tiene capacidad para convertir una palabra exquisita en un abominable jorobado.

Algunas personas se enamoran de la palabra sin poder separarla del objeto que representan. Tacón. Luego unas piernas y luego unas nalgas (glúteos, mejor). Resulta también que esta palabra (tacón) es doblemente fonética: cuando se pronuncia y cuando se camina. Sonidos simples, gratificantes. Sexo y morbo incluidos. Algunas personas nos obligan a enamorarnos de una palabra. Nombres, apodos. Cursilerías fonéticas como decir en voz alta la combinación exacta de números que llevan a alguna dirección. O alguna voz.

Me gustan las palabras, las cursis, las obscenas, las simples y las complejas. Generalmente no conozco a ciencia cierta si la palabra es aguda, esdrújula, preposición, adverbio, propia, ajena o inventada. Culpo a mi enamoramiento: mis ojos no quieren ver más allá, sólo disfrutarlas. No vaya a ser que descubra algo tenebroso y las mire con recelo y me enoje. Y las olvide y me quede muda y apática por siempre.

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