Tiempo

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Ojalá el tiempo destruya
los versos,
que borre los días y las noches
para siempre, ahora.

Ojalá la distancia crezca
y se cansen las ansias,
que la esperanza se apague
y los sueños mueran.
Ojalá que se borren las letras,
que nos gane el hastío,
que se olviden
de golpe
las promesas

Ojalá el tiempo pase de largo
y se detenga
la espera.

Blanco

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Vientre que te quiero virgen,
virgen blanco,
virgen puro.

Vientre hambriento,
(suspira, suspira)
aguarda, bosteza.

Vientre que te quiero casto,
que te quiero ajeno,
compartido,
regalado.

Virgen de calle
(puta fracaso)
vientre de claustro
(desperdicio, engaño)

Vientre hambriento,
que se sueña atiborrado,
vientre virgen,
que se sabe vano.

Huérfano,
libre,
soberano.

Vientre que te quiero ajeno

Vientre que se sabe ingenuo,
huye, se esconde, escapa.

Huérfano
libre
vedado.

Tarifa

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Será que la vida cada día es más puta
será que me falta algo de vida
que de pronto todo esta gris
y bostezo
y me rasco la cabeza
y te busco

Será que la puta vida no comparte
las ganancias conmigo,
que se esconde en la peluca los billetes
y en la tanga los amores

Será que me hace falta comprarme unos tacones
y pararme en esa esquina
o quizás en el farol
o en el toks
o en la puerta de mi casa

Una falda corta, un escote largo
algo de carne
¡paz!
una nalgada

Será que me hace falta ser más intensa
y llenarme de vida
y abrirme completita
como pollo destrozado
como pepa de chayote
como flor
como vaina de ejote
de un solo ta-jo

Afeitarme las piernas peludas de angustia
guardar el calzón empapado de miedos
soltar la trenza de la cordura
besar mi sexo
sexo anhelante
terso

Será que la vida no es puta
y que la vida es un chulo
y me regentea todos los días
a todas horas
sin descanso

Será que soy la puta más triste
y se me ha ido el tiempo
y se han caído los pechos
agotado el encanto
y nadie me compra por más de tres monedas

Será que la vida me puso en una esquina,
en la puerta de mi casa
en un toks
bajo un farol
Será que me dejó y olvidó ponerme tarifa
y me compran a dos
a tres,
me regala

Será que la vida me ha hecho su puta,
una más en su esquina,
será que ya no le importo
y bosteza
y se rasca la cabeza
y te busca

Reino

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Tal vez soy yo
la que se siente princesa
y pido corona
y miro mi reino,
(la zapatilla rota)

Tal vez soy yo
la que suspira bajito
y lee cuentos de hadas
mientras sueña contigo.

Tal vez soy yo
la que juega a ser niña
y me invento historias
que tú protagonizas.

Tal vez eres tú
el que se lleva al estanque
los besos
y pinta de gris
mi cara más rosa.

Tal vez seas tú
el que adelanta el reloj,
pone la rueca,
y corta para mí
la manzana más bella.

Tal vez seas tú
el que rompa mi libro,
el que se robe mi reino.

Tal vez seas tú
el que con un solo verso
mi cuento más tierno haga trizas.

Espera

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Aguarda inerte el cuerpo,
Que se sabe vacío, infecundo.

Sueña triste con llantos bajos,
Arrullando anhelos;
Esperando el toque de una pluma,
el anuncio de un ángel,
el soplo de una caracola.

Cuerpo que se parte
alma que se quiebra
árbol que se sabe seco
y aun así aguarda primavera.

Nubes y maletas

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Me gusta pensar que antes era menos horrible viajar. Pienso en los pasajeros abordo de un tren, despidiéndose amorosamente de los familiares que los ven partir.

Imagino un cuarto (¿camarote?) amplio con sillones cómodos. Un periódico en la mano, alguna bebida cerca. Conversaciones espontáneas con el compañero de viaje. Trayectorias largas que se recorren despacio, dejando el tiempo necesario para extrañar la tierra que se aleja y añorar la estación que espera.

Los viajes en barco se me antojan serenos, rítmicos. Adecuados para soñar ─bien despiertos- mientras la mirada se pierde en las ondas diminutas que se forman en el agua.

Ya no. Hoy en día viajar es una pena, un castigo monstruoso para el hombre moderno. Pareciera ser que el futuro, con su apabullante inmediatez, ha venido a estropearlo todo.

Bajo la promesa de un viaje acelerado, de la ilusión de llegar a un destino lo más pronto posible, hemos renunciado al placer de viajar. Los trenes, casi extintos, cedieron el paso a artefactos igual de ruidosos, más grandes, más incómodos, agobiantes. El tiempo antes destinado al traslado se sufre ahora en una sala de espera, en una fila para documentar, en la línea de abordaje.

Se nos priva del paisaje, también. Salvo la ciudad que se asoma al momento de despegar y aterrizar, la ventana se limita a compartir nubes tristes, perezosas, insulsas. Manchas en el cielo que, además de monótonas, traen consigo turbulencias.

Los asientos diminutos constriñen el cuerpo, arrebatando así el sentimiento o ilusión que nos animó a viajar en primer lugar.

Las azafatas de antaño, impecables, han terminado por difuminarse. Ahora señoritas de peinados relamidos y labios rojos lo apresuran a uno para incrustarse en el asiento, inclementes, sin simpatía alguna. Justo cuando uno ha logrado dormirse, sádicas, pasean por el diminuto pasillo, ofreciendo bebidas de precios dudosos, galletas viejas, muecas de hastío.

El compañero de viaje sufre en silencio. Desconfiado y torcido, incapaz de iniciar una plática amable, alguna anécdota memorable, nada.

Luego de horas insufribles, llega el momento del aterrizaje y con él los instintos más salvajes de los viajeros: se paran con prisa, se amontonan en el pasillo, abren compuertas con violencia y esculcan hasta apoderarse de su maleta.

Maltrechos, jorobados y humillados, bajan obedientemente del avión. Esperando más maletas, miran fijamente cual imbéciles alguna banda giratoria. Filas, empujones, abrazos y bienvenidas bruscas supeditadas a las altísimas tarifas de un estacionamiento.

Imagino que antes era menos horrible viajar y rumio despechada esa idea mientras arrastro penosamente mi maleta. Esperar, abordar, aterrizar, desempacar. Qué asunto tan horrible es viajar.